LOS ARCHIVOS DEL PENTÁGONO

LAS DEFICIENCIAS DEL SISTEMA

A sus setenta y un años, Steven Spielberg sigue siendo uno de los amuletos imprescindibles de la industria hollywodiense. De hecho, pocos directores pueden presumir de tener una carrera fermentada a lo largo de cinco décadas poseyendo, en todas ellas, al menos dos obras (siendo modestos) capaces de arañar la majestuosidad del séptimo arte. Artífice de algunas piezas imprescindibles en la adolescencia del gran público, llámense, según la generación, E.T, Jurassic Park o la atemporal Tiburón, el tratamiento formal y argumentativo de sus primeros trabajos, revolucionarios en sus formas, pioneros en las reformulaciones de la cinematografía comercial de los años ochenta y capaces de atrapar la magia del Peter Pan que todos llevamos dentro, contrasta con una trayectoria posterior, más posicionada en la madurez, brillante en su recuperación del lenguaje audiovisual imaginado por los soñadores de la vieja escuela, convirtiéndose, para regocijo de los más cinéfilos y desagrado de los modernistas, en el último refugio (junto con autores como Eastwood, ahora de capa caída) del cine clásico estadounidense.

Más que visualizar un relato de espionaje con los susodichos papeles como protagonistas (al más puro estilo Todos los hombres del presidente o la reciente Spotlight), Spielberg, en LOS ARCHIVOS DEL PENTÁGONO, retrata el auge, años antes de la sonora investigación conducida por Bob Woodward y Carl Bernstein sobre el caso Watergate, del periódico The Washington Post (comúnmente conocido como The Post, título original del largometraje), un diario local de segunda que encontró, para disgusto de la Administración Nixon, una bomba de oxígeno gracias a la publicación de información clasificada (y lamentable) sobre la guerra de Vietnam. Como no podía ser de otra manera, el cineasta detalla esta historia real, apasionante desde el punto de vista periodístico y cinematográfico, con su habitual distinción y sabiduría épica, retomando su consabida narrativa de corte tradicional, ausente de grandilocuencias y pulcra en la descripción, e imprimiendo un sentido del espectáculo rebosante de una emoción que ya quisieran reflejar muchas promesas actuales del celuloide. Y para remarcar ese halo de cine de otra época, se reserva una inteligentísima jugada maestra: juntar por primera vez en pantalla a Meryl Streep y Tom Hanks, dos de los exponentes más respetados y carismáticos de la cultura contemporánea, para dar vida a estos sagaces héroes de la información. La empatía, lógicamente, se hace abrasiva desde el primer encuentro.

Maravillosamente filmada con una estética puramente setentera, plagada de zooms y acorde con el oscurantismo de los tiempos que corren, y culminada con un revelador epílogo que bien podría funcionar como precuela de la obra maestra de Alan J. Pakula, Los archivos del Pentágono no solo es una entretenidísima plasmación de los tejemanejes políticos y las deficiencias del sistema democrático estadounidense (significativos, una vez más, los montajes paralelos de las promesas de los presidentes, de diferente índole política, y sus aprobaciones posteriores); también, un magnífico y sentido homenaje a la prensa escrita, al aroma a tinta que respiran las páginas en papel, a un tiempo que se muere y en el que la búsqueda de la verdad acababa prevaleciendo sobre la frivolidad y el amiguismo presente en los despachos de los rotativos.

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