LAS DISTANCIAS

PERFECTOS DESCONOCIDOS

La amistad, divino tesoro. Siempre, eso sí, que se mime y se impida que los estragos del tiempo hagan mella en lo que una vez fueron días regados de alcohol, juergas intempestivas y secretos revelados entre risas y lágrimas. Lawrence Kasdan, en su magistral y reinvindicable Reencuentro, ya nos mostró cómo el paso de los años podían desgastar la camaradería más inquebrantable. Con inteligencia, humor y nostalgia, pero con una brillante acidez que agudizaba los desencantos que presenta la línea que da paso a la treintena, esa etapa desconocida y ausente del término crisis pero que, en realidad, nos despierta de golpe y porrazo de la rebeldía y de los ideales propios de nuestra añorada juventud.

LAS DISTANCIAS, notable y devastadora radiografía de la disgregación de un grupo de antiguos compañeros de universidad cómplices de múltiples batallas y anécdotas, relata en carne viva y sin tiritas las heridas que se han abierto en su relación con el devenir de los años. Las personalidades de todos ellos, modeladas bajo la fiera batuta de la depresión económica de principios de siglo (podemos encontrar tanto al triunfador en temas laborales y perdedor en asuntos del amor como al parado que ha vuelto, para su frustración, a casa de sus padres), son fácil y amargamente reconocibles para el espectador. Poco queda ya de los sueños que anhelaron alcanzar, de las metas que con gran ambición se habían propuesto conseguir. Y entre tantas miradas de desengaño y situaciones incómodas, salpicadas por la decepción, el inconformismo, la falta de diálogo y los silencios sepulcrales, surge la revelación más insospechada: sin darse cuenta (o tal vez sí, aunque en el fondo se nieguen a admitirlo), los ya no tan jóvenes confidentes se han convertido en unos perfectos desconocidos.

Interpretada de forma magistral por todo el reparto, capitaneado por los siempre excelentes Alexandra Jiménez y Miki Esparbé, gran enigma del relato y acertadamente menos expuesto en pantalla de lo que en un principio podría sugerir su personaje, la debutante y ya prometedora Elena Trapé ha compuesto una película reflejo de toda una generación, terrible y admirablemente personal, hasta tal punto que es muy posible que aquellos que no hayan vivido una experiencia semejante a la descrita apenas se acerquen a la crudeza de su más que honesto planteamiento. Y es que todo en ella, desde su descripción de lo que un día fuimos y dejamos de ser a las frustraciones provocadas por el descubrimiento de haber despedido una época que ya no volverá, rezuma veracidad. Tanto que duele.

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