LA MONJA (The nun)

TERROR EN LA ABADÍA

El primer tercio de LA MONJA, spin off de la franquicia Warren sobre los orígenes de Valak, el ya icónico demonio protagonista de la magistral El caso Enfield, supone en en sí mismo toda una declaración de intenciones de lo que veremos en los próximos minutos de metraje: como si se tratara del mismísimo comienzo de la sensacional Drácula de Bram Stoker, los tres protagonistas (una novicia a punto de tomar sus votos, un sacerdote experto en temas sobrenaturales y un campesino residente en la región) se adentran en la profundidad de los bosques de Rumanía en busca de una abadía que, según cuentan las leyendas locales, está habitada por entes malignos. A través de planos cenitales, encuadres desgastados y tomas que harían las delicias de Terence Fisher, contemplamos la inmensidad del terreno desde una óptica claramente gótica, prestando especial atención a la estructura enrevesada y laberíntica del viejo caserón (más próximo al castillo clásico de cuento de fantasmas que a un monasterio de clausura) y su correspondiente camposanto y a la atmósfera decrépita, sombría e irreal que rodea a la morada. Más que preocuparse por una trama, aceptémoslo sin aspavientos, facturada desde la simpleza más absoluta, el director Corin Hardy antepone la escenografía plástica a cualquier otro apartado del film rindiendo un continuo y respetuoso tributo a la estética y ornamentación característica de la productora Hammer Films, reina indiscutible del género durante la mitad del siglo XX.

Y lo solventa con energía y, sobre todo, efectividad. Obviando las, por otra parte, desternillantes idas de olla de la historia (la sangre de Cristo como repelente antidemoníaco, el personaje francés convertido en el Brendan Fraser de La momia), los maniqueísmos propios de la temática y los consabidos golpes de efecto impuestos para contar con la aprobación de las nuevas legiones de seguidores del horror cinematográfico, Hardy apuesta por explorar terrenos desconocidos en la simbología del universo Warren, aportando, además de las connotaciones de la Vieja Escuela, referencias cinéfilas de carácter mefistofélico (las imágenes cristianas con la cabeza cercenada, propias de la fascinante e incomprendida El exorcista III) y virtual (las figuras estáticas de las religiosas al más puro estilo Silent Hill) y alguna que otra estampa de gran potencial (el prólogo o las apariciones del personaje de la abadesa, más aterradoras, por sutileza y misterio, que el reclamo principal de la cinta).

La película, bastante superior a su hermanastra Annabelle, resulta digna y se deja ver sin dificultad, seguramente porque el cineasta James Wan, buque insignia de esta corriente, ha supervisado la realización dirigiendo, incluso, algunas de sus secuencias más aterradoras. ¿Que no deja de ser una vil explotación de la millonaria saga? Desde luego, pero al menos proporciona, de manera efervescente y muy alocada, una hora y cuarenta minutos de escalofríos, entretenimiento y diversión.

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