UN PEQUEÑO FAVOR (A simple favor)

PEQUEÑAS MENTIRAS SIN IMPORTANCIA

Mujeres desesperadas no hubiera sido la gran serie que fue sin Wisteria Lane, el lujoso y, aparentemente, apacible barrio en el que transcurrían los hechos de la misma. Un paraíso urbanístico de una belleza innigualable, de amplias avenidas y ampulosas mansiones edificadas sobre jardines trufados de rosales y amurralladas con extensas e ilimitadas vallas blancas. No obstante, como si del Terciopelo azul de David Lynch se tratara, debajo de esas moradas de ensueño y de sus respectivos y adinerados dueños, de esas familias idílicas, odiosas por su envidiable relación parental, se podía percibir una realidad paralela mucho más abyecta, invisible ante los ojos de los demás residentes pero irresistiblemente atrayente para el espectador del serial.

Efectivamente, algo olía a podrido en aquel vecindario. Adulterio, desapariciones, secretos del pasado y pequeñas mentiras sin importancia solían ser los temas estrella que formaban parte de la escaleta de cada temporada. Tan maravillosa fórmula, no siempre aprovechada con todas sus posibilidades a escala cinematográfica, sirve como fuente de inspiración de la maquiavélica y corrosiva UN PEQUEÑO FAVOR, último trabajo del irregular cineasta Peter Feig. Pero no es la única: además de las ácidas líneas de diálogo características de la ficción creada por Marc Cherry, la cinta añade con gran astucia unas gotas de Pequeñas mentirosas (por eso de ampliar la cobertura de público), algunas dosis del cinismo del personaje de Rosemund Pike de Perdida y la osadía de las demenciales salidas de tono presentes en la infravalorada Juegos salvajes de John McNaughton, adjudicándose la doctrina máxima de esta producción: no tomarse jamás en serio así misma.

Pero lo mejor de esta estupenda y adictiva película, más allá de sus excitantes referencias de base, las cantidades ingentes de humor negro y el espléndido duelo interpretativo entre Anna Kendrick (haciendo, brillantemente, de Anna Kendrick) y una magnética Blake Lively, engalanada con fulgurantes trajes de etiqueta, se encuentra en su habilidad de sobrepasar los límites permitidos por la comedia comercial made in USA. Cuando crees que no será posible añadir más giros de guion, mcguffins ni trampas narrativas (esos flashback del personaje interpretado por Kendrick) al relato expuesto, su director y también guionista se atreve a rizar aún más el rizo llevando al paroxismo los estereotipos telenovelescos y de la novela clásica de detectives (la escena del cementerio, impagable), regalándonos con ello una (auto)parodia ágil, rebuscadísima, tan rocambolesca como desternillante, tan caótica como finalmente adorable. Y sin perder el glamour ni la elegancia, faltaría más.

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