GLASS (Cristal)

EL DESTINO DE LOS HÉROES

El gran problema que presenta el cineasta M. Night Shyamalan para sus máximos detractores es, divertidamente, la cualidad más satisfactoria para aquellos que pensamos que, en sus giros de guion, en sus imposibles exposiciones sobre la fe y existencia y en sus atrevidísimas pretensiones fílmicas, se encuentra uno de los grandes artesanos del suspense actual: en ninguno de sus trabajos ofrece lo que el público mayoritario espera ver reflejado en pantalla.

Con El bosque, una de sus propuestas más criticadas, los espectadores ansiaban disfrutar de una película de terror a la antigua usanza, cuando, en realidad, se trataba de un modélico e introspectivo film sobre nuestros propios miedos; con Señales, buscaban respuestas a los enigmas de los visitantes del espacio, siendo realmente una atípica reflexión sobre las huellas invisibles delineadas por nuestros seres difuntos; con la incomprendida El protegido, pieza angular de este GLASS, su último y sobresaliente proyecto, deseaban degustar un nuevo sexto sentido, ignorando con ello su trascendencia a largo plazo dentro del mal llamado género de superhéroes.

Glass, ya lo habrán adivinado, no es la película idealizada que esperan los seguidores del director indio-estadounidense, ni siquiera los fans de las dos anteriores entregas de la saga (la comentada El protegido y la turbadora Múltiple); es, simple y llanamente, la crónica conclusiva sobre la dualidad y existencia real de héroes y villanos que siempre ha tenido en mente y que, por diversas circunstancias, no ha podido plasmar cinematográficamente hasta el día de hoy.

Y en ese sentido, diecinueve años después de la cinta que diera origen a este fascinante universo, podemos hablar de un triunfo atronador por parte del cineasta: triunfo en la coherencia conceptual, dramática y formal, cerrando de manera catártica tanto la intriga imperante como las tramas secundarias (la paternidad, los lazos emocionales que se crean a través del trauma); triunfo en su huida de las etiquetas y demarcaciones establecidas por las demanda del espectador, incapaz de descifrar los secretos que subyacen en este fin de fiesta; y, por encima de todo, triunfo a la hora de renovar los relamidos distintivos del cine de superhéroes, algo ya impensable en multimillonarias franquicias dedicadas a la temática, impulsando una nueva perspectiva llena de posibilidades narrativas, audiovisuales y metacinematográficas.

Shyamalan arriesga y gana. Rodada con su inconfundible estilo y dominio escénico, visualmente ejemplar en su gama cromática, acorde con las personalidades de los tres personajes principales, demuestra, por encima de todo, un amor incondicional hacia su propio material de partida; cree ciegamente en su relato, contagiando al espectador del entusiasmo presente en las páginas del guion. Eso sí, como sus mejores obras, llámense La joven del agua o su obra maestra El bosque, sólo el tiempo pondrá en su sitio los valores intrínsecos, innumerables, de esta espléndida y rompedora aventura.

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