Archive for the Críticas (Estrenos) Category

LAS LEYES DE LA TERMODINÁMICA

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , on abril 18, 2018 by Gonzalo Contreras

LAS FUERZAS INCONTROLABLES DE LA NATURALEZA

Chico veinteañero conoce a chica veinteañera. Chico se enamora locamente de chica. Chica lo tiene todo: belleza, intelecto, sex-appeal y ternura. Chico no tiene nada. O casi nada: la guapura, lo que se dice guapura, no forma parte de su ser; es tímido, cortante, habla cuando no debe de hablar, calla cuando cree que puede molestar. Y elija una u otra opción, acaba incordiando al personal. Por alguna extraña, desconocida e incomprensible razón, chica se fija en chico. Y empiezan una relación sentimental. Y con ella, y tras un periodo de inequívoca felicidad, aparecen los temidos celos, los secretos no compartidos, las mentiras y las dudas sobre si, finalmente, su complicidad llegará a buen puerto. Desaparecen los días de vino y rosas. El mundo se pone del revés. Y llega la reconciliación, desatándose el ansiado happy end. O no. O ni sí ni no. Y qué más da, si son cosas de la edad.

Bienvenidos a los estandartes de la comedia romántica cinematográfica. A uno de sus bloques definitorios, claro está. Desde los tiempos de las screwballs americanas, aquellas maravillosas historietas ricas en malentendidos e infortunios ideadas por Howard Hawks y George Cukor, pasando por la regeneración ejecutada por el imprescindible (sí, con todas sus letras) Woody Allen, pocos subgéneros han vivido tan sujetos, a lo largo de las décadas, a un esquema tan delimitado, tan poco abierto a nuevas experiencias, tan desesperante en su manoseada formulación. De ahí que cualquier renovación de su envoltorio sea recibido con honores, y más si ese rejuvenecimiento viene acompañado, como ocurre en LAS LEYES DE LA TERMODINÁMICA, de ideas audaces y de un planteamiento con el suficiente potencial como para aunar talento, ingenio y grandes dosis de entretenimiento en un mismo libreto.

¿Existe una teoría física, aplicada a los principios que rigen el universo, que explique a su vez los entresijos relacionados con los asuntos del amor? Mateo Gil, co-guionista habitual de Amenábar, pretende dar respuesta a este enigma ancestral a través de una película en la que se alinean dos cualidades, en principio, dignas de una colisión sideral: ajustándose a los parámetros del falso documental, otra temática lastrada por las desdichas más que por los triunfos, el cineasta, siguiendo el itinerario de un guion de cosecha propia, reivindica el mejor cine cómico de corte clásico (principalmente, los desmanes del Allen más setentero y neurótico, visible en un personaje principal testarudo, ilustrado, poco agraciado e incapaz de asumir que todas las noches se acuesta con la mujer de su vida) adaptándolo a los nuevos tiempos y, por supuesto, a las directrices de un humor inconfundiblemente ibérico. El resultado no puede ser más atípico. Y plausible.

Como buen experimento de choque, cuenta con algunos enemigos de altura: al riesgo que conlleva su atrevida premisa, de una complejidad no apta para todos los paladares (sobre todo, si estos están poco cultivados en acertijos cuánticos), se le añade su engañosa apariencia de comedia al uso, infravalorando con ello muchas de sus incuestionables virtudes. De hecho, estas están siempre por encima de los pormenores y los prejuicios iniciales. El buen hacer de Gil, la frescura del reparto (atención a Berta Vázquez, puro magnetismo cósmico) y algunos acertadísimos gags (la presentación del cuarteto protagonista, la lúcida y divertidísima secuencia de la discoteca) son los encargados de obrar el milagro, haciendo de ella uno de los productos más inteligentes y originales de la cinematografía nacional contemporánea.

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LA CASA TORCIDA

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , , on abril 11, 2018 by Gonzalo Contreras

CLUEDO PARA PRINCIPIANTES

La perversa, intrincada y afiladísima pluma de Agatha Christie no ha tenido excesiva suerte en el cine. Salvo honrosas excepciones, ejecutadas por cineastas de una brillantez intachable, llámense Sidney Lumet o Billy Wilder (la excelsa Asesinato en el Orient Express y la impecable Testigo de cargo), prácticamente la totalidad de sus adaptaciones, esquemáticas y afincadas en un trasnochado estilo forzadamente glamouroso, han preferido apostar por el carisma de su plantel de estrellas, formado casi siempre por una confrontación generacional de actores de renombre (algunos en su ocaso interpretativo) con otros en pleno esplendor de sus carreras, más que en la solidez costumbrista y en el maquiavélico encanto presentes en las intrigas palaciegas de base.

LA CASA TORCIDA, cuestionable puesta de largo cinematográfica de una sus obras más alabadas, se estrena pocos meses después de la sorprendente y estupenda revisión que el director Kenneth Branagh realizara del mencionado clásico Asesinato en el Orient Express. Y qué mejor que recuperar aquella película para remarcar los fallos acaecidos en esta torpe y poco inspirada traslación fílmica: mientras la cinta de Branagh asumía riesgos y proporcionaba un entretenimiento de altura, libre de pretensiones y pletórico en su recuperación de un estilo abiertamente “retro”, la película que nos ocupa, dirigida por el insípido Gilles Paquet-Brenner (La llave de Sarah, Lugares oscuros), es incapaz de sobresalir más allá de un empaquetado acartonado, bochornoso en su anticuada puesta escénica (visible en el contraste de unas estancias que tratan de reflejar la personalidad de sus inquilinos, unas decoradas a la antigua usanza, otras próximas a la pomposidad plasmada en los capítulos más esperpénticos de la serie American Horror Story), y de una historia, de ser fiel al libro, ausente de la lucidez y creatividad tácita de la escritora inglesa.

Desgraciadamente, los peros no acaban aquí. Sorprende, y mucho, que un guionista de la talla de Julian Fellowes, artífice de libretos tan fascinantes e indistinguiblemente británicos como Gosford Park o Downton Abbey, haya adaptado el relato con con tan poca gracia, con tan poco corazón. Tampoco ayuda la dirección de Paquet-Brenner: ni es capaz de extraer la sangre a ninguno de sus personajes, presentados uno a uno durante los primeros e interminables cuarenta minutos e infectados por los patrones más enfáticos del cine clásico de suspense (la viuda atractiva y voluptuosa, los sirvientes de porte noble y aspecto amenazante…) ni destaca en la planificación de las secuencias clave. A excepción de una lograda escena musical con ecos, por colorido y temática, del Suspiria de Dario Argento, el director nos obsequia, durante las casi dos horas de metraje, con unos enrevesadísimos e incomprensibles tiros de cámara y una fotografía que, más que brillar, acaba resultando cegadora.

Como ya ocurriera en los largometrajes de los años setenta, lo más destacable del film radica en la supuesta sorpresa final. Pero para quienes llevamos años empapándonos de la imaginaria de Christie, de sus juegos del gato y el ratón y de unas tramas englobadas en el subgénero Whodunit, posiblemente la respuesta al enigma, menos complicada de lo que parece, deje una sensación de gran decepción en los labios.

ISLA DE PERROS (Isle of dogs)

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , , , on abril 4, 2018 by Gonzalo Contreras

LA GRAN EVASIÓN PERRUNA

Generador de pasiones inusitadas (lo pudimos comprobar el pasado mes de febrero, cuando su coloquio en Madrid provocó colas interminables de personas durante la lluviosa madrugada anterior), también del rechazo de un no tan pequeño grupo de cinéfilos, incapaces de apreciar sus reverenciadas cualidades artísticas, el director Wes Anderson ha sabido, con todo, fabricar un particularísimo universo propio totalmente identificable para el espectador, en donde nostalgia y comicidad se estrechan fuertemente la mano y que le ha convertido en objeto de culto e influencia de multitud de cineastas noveles entusiastas de sus sonoras extravagancias. Un mérito que, pese a quien le pese, no se le puede discutir.

Y en mitad de tanto partidario y opositor, en un colectivo más reducido, nos encontramos aquellos que aplaudimos muchas de sus concesiones autoriales con la misma efusividad que reprobamos algunas de sus cuestionables e incipientes manías. En mi caso, admiro su virtuosismo técnico, sus cromatismos rojizos, el olor de mi adorado Kubrick en la sobreexposición de imágenes, la capacidad de trasladar al espectador a un imaginario nunca hasta conocido en la gran pantalla. En cambio, reconozco que no comulgo ni con su humor cartoonesco ni con el desarrollo estático de sus viñetas (no así con sus planteamientos, brillantes sobre papel), casi siempre aséptico, ridículamente esperpéntico y transgresor. A veces, porque no entiendo qué demonios quiere contarme (Life aquatic); otras porque, directamente, el surrealismo y la pseudointelectualidad de sus diálogos me sacan completamente de quicio (Moonrise Kingdom. Sí, Moonrise Kingdom).

Solo dos de sus largometrajes han conseguido, con muchas reservas, levantarme los ánimos: El gran hotel Budapest, evocadora y fantasmagórica mirada a un tiempo que se resiste a desaparecer, y Fantástico Sr. Fox, su celebradísima aproximación al terreno de la animación, un género en el que, como así atestigua el relato que nos ocupa, parece sentirme más cómodo y flexible. Tan cómodo que, con ISLA DE PERROS, notable fábula animalista con crítica implícita a los regímenes totalitarios (dardos envenenados a la política estadounidense actual inclusive), no solo ha filmado su trabajo más conmovedor hasta la fecha; también, y gracias a la coalición de un libreto mucho más sólido que de costumbre, basado de una historia concebida junto a los ya imprescindibles Roman Coppola y Jason Schawrtzman, y de sus ya consabidos y laureados intereses (la composición de los encuadres, la milimétrica simetría de los planos, los exacerbados tonos visuales y sus sempiternos zooms siguen siendo prodigiosos), la película que podría abrir las puertas de su cine a sus fieles detractores. Mismo Anderson, pero mejor.

Y aunque algunos (pocos) de sus erráticos amaneramientos siguen presentes, la duración se extienda innecesariamente y se empeñe en llenar el metraje de personajes que poco o nada aportan al ingenioso argumento, sobre todo en un tramo final algo atropellado, esta melancólica a la par que vitalista obra, plagada de mil y un detalles en cada secuencia, nos deja algunas de las reflexiones más brillantes de la animación reciente: por un lado, su sentido y cálido tributo a la sabiduría y cultura feudal nipona, subrayada por una espléndida partitura de Alexandre Desplat y por los guiños directos a grandes del celuloide como Kurosawa y Miyazaki; por otro, un bellísimo mensaje conclusivo ya acariciado por el realizador en otros proyectos anteriores, pero aquí altamente gratificante: en un mundo insensibilizado, dominado por el caos y arruinado por la tiranía, el odio y la codicia de los adultos, solo la inocencia y la valentía de los más pequeños podrán sacar a flote la poca humanidad que todavía conservamos.

UN LUGAR TRANQUILO (A quiet place)

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , on abril 1, 2018 by Gonzalo Contreras

LOS GRITOS DEL SILENCIO

El terror, en todas sus vertientes, tanto argumentativas como formales, está viviendo una nueva época de plenitud cinematográfica. A las ya comentadísimas aproximaciones de James Wan, maestro del desasosiego e incuestionable precursor de esta nueva y sugestiva corriente (suyas son Insidious, brillante vuelta de tuerca al manido tema de casas encantadas, y los excepcionales casos del matrimonio Warren), próxima a un cine declaradamente comercial y abierto a toda clase de público, se está uniendo, además, una serie de títulos, exultantes en su desprecio a los efectismos gratuitos, pequeños pero rebosantes de valores fílmicos, ocultos en las sombras por el carácter independiente de los mismos.

The babadook, la “carpenteriana” It follows o la bellísima La bruja son solo tres magníficos ejemplos. Y los tres, de corte sobrenatural pero de rasgos audiovisuales bien distintos, constituidos como clásicos desde el mismo momento de su estreno, compartían curiosamente la característica más anhelada por los entusiastas de los escalofríos: la cristalización del horror más puro, incómodo y primario. Aquel que no se ve pero que se intuye en cada plano, en cada línea narrativa malévolamente descrita, ya sea en la autodestrucción originada por una maternidad no deseada, en la sexualidad primeriza o en la oscuridad que descansa en las profundidades de los bosques de Nueva Inglaterra.

Uniéndose a este grupo de películas, principalmente en su fundamento de base y en la complejidad que encierra su manoseado planteamiento, UN LUGAR TRANQUILO fascina en su búsqueda de nuevas formas que reflejen tramas erosionadas por el uso y en su rechazo de los artificios explícitos y pirotécnicos en favor de la sugestión, creando una conseguidísima atmósfera de tensión a través del minimalismo y la anticipación. Los ingredientes de su premisa son bien sencillos y, a su vez, tan bien licuados por su director, el también actor John Krasinski, que resulta difícil creer que a nadie se le haya ocurrido conferir semejante propuesta: un futuro apocalíptico, abrasado y ausente de cualquier indicio de civilización; una familia que deambula por esos parajes fantasmales (ecos visibles de La carretera) y un Mal, latente en los páramos que rodean la zona, que hace su aparición ante el mínimo sonido establecido. En uno de los mejores debuts de género de la década, comparable quizá al perpetrado por Robert Eggers en la comentada La bruja y felizmente condensado en unos acertadísimos noventa y cinco minutos, Krasinski desgrana la información con cuentagotas y transforma, gracias a la escasez de detalles específicos, un relato de apariencia realista en algo completamente irracional, casi lovecraftiano, desarrollando una jugada conceptual muy similar a la llevada a cabo en la obra maestra de Frank Darabont La niebla.

El resto es cine psicológico en su máxima expresión, de un nivel de altísima calidad: a la pesadilla expuesta, enaltecida con escenas de una espléndida planificación (la secuencia de la bañera puede originar taquicardias en el personal, avisados quedan), se le une una no menos espléndida descripción del drama familiar, narrada sin maniqueísmos, profundamente emotiva. La empatía que despierta la humanidad de sus personajes aumenta el pánico, la claustrofobia se adhiere con pegamento al film y el clímax final, sobresaliente, se hace irrespirable. Y en ese imponente acabado escénico, resuelto con ciertas reminiscencias al suspense de Shyamalan, el silencio, presente en la mayor parte del metraje (estamos hablando de una exposición prácticamente muda), se acaba convirtiendo en el gran protagonista de la cinta. Y en el grito más ensordecedor.

READY PLAYER ONE

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , , on marzo 26, 2018 by Gonzalo Contreras

LA MAGIA INTRÍNSECA DE LOS OCHENTA

Es una realidad palpable, imposible de cuestionar: los ochenta están de moda. Las hombreras imposibles, los pelos eléctricos, la música reinante en los bailes de fin de curso, para muchos banda sonora de toda una vida, las gigantescas hamburguesas acompañas de batidos de chocolate y las máquinas recreativas, preludio del universo cibernético que estaba por venir, siguen causando auténtico furor entre los jóvenes nacidos o amamantados en los albores de esta década prodigiosa. No es de extrañar, por tanto, que todo su imaginario cinematográfico, el arte que mejor ha expuesto su desinhibida filosofía, dominado por extraterrestres de galaxias lejanas, viajes interestelares, juergas de instituto fundadas bajo los últimos coletazos del american graffiti y la exaltación de los valores intrínsecos de la amistad verdadera, haya traspasado las barreras del tiempo e influya, hasta extremos impensables, en los códigos de la industria contemporánea.

Si alguien entiende la vorágine de estos sentimientos, capaces de nublar la percepción crítica por aspectos puramente evocadores, ese es Steven Spielberg. Promotor y artífice de sus más evidentes señas de identidad, tanto en su faceta de productor (Poltergeist, Los goonies, Gremlins) como en su oficio de realizador, dirigiendo algunos de los largometrajes claves de nuestra infancia cinéfila, el cineasta recupera el espíritu inequívocamente pop de sus celebradísimos proyectos de entretenimiento en READY PLAYER ONE, adaptación libre de la novela homónima escrita por Ernest Cline. De hecho, más que filmar un arquetípico homenaje a los felices años ochenta, ha compuesto, directamente, una película que nace de las mismísimas entrañas de la época más nostálgica del celuloide (en otras palabras, lo que pretendía atrapar la sobrevalorada Súper 8 y nunca llegó a alcanzar). E intencionadamente o no, y sin que sirva de precedente, la mejor muestra de lo que el universo virtual puede ofrecer en pantalla grande.

Para ello, no duda en reproducir, con todas sus secuencias, y asumiendo unos riesgos más peliagudos de lo que la simpleza de su argumento deja entrever, los mandamientos fundacionales de este subgénero en sí mismo: implantar en la historia más corazón que cerebro, buscando una disonancia entre la luminosidad de sus efectos visuales, en verdad hipnóticos, y la oscuridad de la distopía presentada; subrayar la amalgama de emociones y aventuras con una banda sonora de proporciones épicas y de evidentes reminiscencias melancólicas (orquestada por Alan Silvestri, pupilo de Robert Zemeckis); y, como no podía ser de otra manera, enfatizar la moraleja final a través de una mirada cándida y condescendiente, manifiestamente reiterativa y virginal, implantando para ello las dosis justas de almíbar que toda producción de aquellos años que se precie debía poseer (aun a riesgo de resultar involuntariamente kitsch).

¿El resultado de semejante hazaña? Un abrumador torbellino de imágenes tan anárquico como fascinante, rico en referencias audiovisuales añejas, de ritmo trepidante y poseedor de algunas escenas que pasarán, por derecho propio, a la antología del cine coetáneo (la carrera de bólidos o el homenaje a Kubrick, magistral sketch aislado con la suficiente trascendencia como para rasgar las lágrimas más sinceras del que esto suscribe). Y como premio final, el rey Midas, a sus setenta y un años, consigue un doble e insólito triunfo propio de su inconmensurable talento: congregar a las nuevas generaciones, entusiastas de esta tendencia gracias al boca-oreja de sus mentores cinéfilos, y a todos aquellos que, desde tiempos inmemorables, llevamos la esencia de la temática en nuestras venas.

TOMB RAIDER

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , on marzo 15, 2018 by Gonzalo Contreras

EL REGRESO DE LA BUSCADORA DE TESOROS

Desconozco cómo le habrá sentado el paso de los años a la primera película de Tomb Raider, adaptación de la archiconocida saga de videojuegos creada por la empresa Core Design y protagonizada por la voluptuosa Lara Croft, intrépida cazadora de tesoros y objeto de múltiples fantasías para unos jugadores, en su mayoría, usuarios del Dalacín. Masacrada en su día, con argumentos de peso, por la crítica especializada, no es menos cierto que, detrás de la cantidad de descuidos y errores garrafales que poseía como largometraje (ausencia de lógica y coherencia, tópicos de género, líneas de diálogos que parecen ideadas por niños en plena sesión de “brainstorming”) se hallaban algunas cualidades, si bien poco cinematográficas, al menos eficazmente comerciales: a la presencia de su resplandeciente y vibrante estrella, una Angelina Jolie recién premiada por la Academia gracias a su trabajo en Inocencia interrumpida, se sumaba su capacidad de trasladar, con gran soltura, la estética y los intrépidos compases del videojuego en cuestión a la dimensión cinematográfica.

Era flor de un día, sí, pero como placer culpable funcionaba a las mil maravillas, de ahí su coronación como uno de los blockbusters más comentados del verano de 2004 y la cantidad masiva de imitaciones y sucedáneos, secuela esquemática incluida (aquella en la que la pseudoarqueóloga se enfrentaba cuerpo a cuerpo con, ojo al dato, un tiburón blanco), que surgieron pocos meses después. Todas infumables, claro.

Uniéndose a la moda de los temidos reboots hollywoodienses, y en mitad del torbellino mediático de los superhéroes de corazón afligido, las brillantinas y los colores fluorescentes trazados por los ya imprescindibles coletazos del GCI del imperio marvelita, la nueva y entretenidísima TOMB RAIDER repite, con puntos y comas, el envite perpetrado por la industria allá por principios de milenio. Con sus baches e inconvenientes, por supuesto. No obstante, acierta de lleno al implantar los dos valores que, justamente, destacaron en aquella aventura, exponiéndolos incluso con mayor eficiencia: primero, la sensación espacial de encontrarnos en los terrenos del universo virtual, enfatizada por la fidelidad al material de origen y por los destellos de las mágicas (estas sí) peripecias del inimitable Indiana Jones; y segundo, el carisma de su nueva, sufridora y también oscarizada protagonista, la prometedora actriz Alicia Vikander, totalmente amoldada a la rudeza y sex appeal de nuestra flamante heroína.

Además, ofrece el maná prometido al gran público consumidor de este tipo de espectáculos pirotécnicos: un parque temático compuesto de montañas rusas (brillantes las secuencias de la caza del zorro y del naufragio) y atracciones de agua y provisto de un ritmo frenético, trepidantes escenas de acción y (lo más complicado) una actualización acorde con las demandas del nuevo gremio de adolescentes. Ponerse quisquilloso con la verosimilitud del argumento, los agujeros de guion y el caos narrativo de algunos de sus pasajes, sobre todo de unos últimos minutos completamente salidos de madre, supone una tarea innecesaria ante un producto tremendamente honesto con sus intenciones de partida.

MARÍA MAGDALENA

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , on marzo 14, 2018 by Gonzalo Contreras

EN TIERRA DE HOMBRES

Fiel y distinguida discípula de Jesucristo, testigo presencial de su muerte en cruz y primera de su Resurrección, la figura de María Magdalena ha estado ligada, sin embargo, a la tradición cristiana occidental implantada durante los años oscuros de la Edad Media. En ella, y a raíz de una confusión (intencionada o no) acontecida durante una homilía de Pascua por parte del papa Gregorio el Grande, su imagen se ha visto distorsionada con diferentes personajes presentes en determinados pasajes del Nuevo Testamento, desde la pecadora arrepentida a la mujer infiel salvada por el Mesías momentos antes de su lapidación. Dicha amalgama de identidades, aprovechada por no pocos seguidores de La Palabra como modo de condenación al ostracismo, se extendió rápidamente a la liturgia eclesiástica, la predicación y al mundo del arte. Y por ende, y varios siglos después, a las mismísimas tiras de celuloide.

(Casi) todas las películas que han explorado la vida y milagros del hijo de Dios han enfatizado, precisamente, la imagen penitente y derrotada de la “Apóstol de los apóstoles”. Véanse, para corroborarlo, sus más sonoras aproximaciones: Rey de Reyes, con nuestra coqueta e inolvidable Carmen Sevilla en el papel protagonista; Jesús de Nazareth, la mastodóntica producción de Franco Zefirelli en donde se producía una separación conceptual entre la adúltera (Claudia Cardinale) y la propia Magdalena, descrita como una prostituta afligida por sus actos impuros e interpretada por la estupenda Anne Bancroft; y La Pasión de Cristo, orquestada bajo la batuta sanguinolenta de un descontrolado (y formidable) Mel Gibson y con el rostro marchitado de la bellísima actriz italiana Mónica Bellucci.

Próxima (diferencias evidentes aparte) a la compleja dualidad de sentimientos que escondían las letras entonadas por la Magdalena de la ópera-rock de Andrew Lloyd Webber Jesucristo Superstar, la cinta que nos ocupa, más que cuestionar el relato místico de Cristo y su obra sobrenatural, pretende dar voz y voto a la compañera que lo escoltó en su periplo por las tierras de Jerusalem. Adherida a las incipientes corrientes feministas contemporáneas, poética tanto en sus destellos oníricos como en los más terrenales, lo mejor de la interesantísima MARÍA MAGDALENA se halla en las descripciones de los tres vértices que conformaron la piedra angular del nazareno en sus últimos días: el apóstol Pedro, político más que evangelizador, soldado de Dios y defensor de una improbable revolución de las masas; Judas Iscariote, insólitamente contemplado como una víctima de sus propias quimeras; y la propia María, visualizada como una mujer de firmes convicciones, pionera en sus decisiones finales (“Tantos hombres con Él. Te perderás”, le auguran sus más allegados) y fascinada por la oratoria del Maestro.

Clarificada con detalles de gran fuerza y rebeldía (la figura de Pedro separando a la pareja durante la última cena, la sombra de Magdalena anexionándose a la de la Crucifixión), dibujados en mitad de un tempo austero, cocinado a fuego lento, y recalcados por el buen hacer de Rooney Mara y Joaquin Phoenix, posiblemente sus mayores inseguridades, como ya ocurriera con la anterior película de su director (la inestable Lion), residan en la falta de temeridad que posee la naturaleza de la propuesta: ni es lo suficientemente transgresora para los más escépticos ni lo convenientemente religiosa y fidedigna para los devotos del Evangelio. Pero esto, para los que nos encontramos en tierra de nadie, más que como un defecto, puede apreciarse como una excelente virtud.