ERREMENTARI (El herrero y el diablo)

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , , , on febrero 27, 2018 by Gonzalo Contreras

AQUELARRE VASCO

No resulta extraño que la película aquí presente, originalísima ópera prima de Paul Urkijo, producida por Carolina Bang y Álex de la Iglesia y basada libremente en una fábula con claras referencias al mito de Fausto recopilada por José María de Barandiarán, venga procedente de tierras vascas. En los últimos años, esta región, marcada por los parajes lluviosos, los pueblos rodeados de nieblas de ultratumba, la profundidad de sus valles y por bosques cuya frondosidad permite sacar el mayor jugo a relatos trufados de misterio e inquietud, ha sido escenario de algunas de las mejores y más férreas propuestas de nuestro cine reciente. Y dentro de ellas, sería delito no mencionar a sus máximos exponentes: la poética y enigmática Loreak y, dirigida por los mismos autores, la extraordinaria Handia, embriagador relato que indagaba, precisamente, en el germen de realidad que esconden los duendes del folklore nacional.

Inesperada muestra de esta brillante corriente, consagrada por la originalidad y la búsqueda de nuevas vertientes narrativas, y ajustándose a las variables de la fantasía cinematográfica, ERREMENTARI (El herrero y el diablo) cuenta la historia de Patxi, un herrero ermitaño que, según rezan las habladurías del condado, es temido hasta por el mismísimo Belcebú. Como si se tratara de un relato de la compañía Hammer, hasta su oscura madriguera, aislada de la civilización y temida por los lugareños de la zona, se trasladará un comisario del Gobierno dispuesto a revelar la verdad que rodea a tan turbador personaje. Y hasta aquí podemos leer, dados los imprevisibles giros de trama que se sucederán a lo largo del metraje.

Huyendo de efectismos y de los siempre acomodados engranajes que ofrece el cine comercial, y en una época en donde se echa de menos un celuloide fantástico que arriesgue, que apueste por inéditos enfoques y evite los clichés argumentativos, Errementari supone todo un soplo de aire fresco dentro del panorama actual. Filmada en el casi extinguido euskera alavés, atributo que otorga a la cinta una gran personalidad, y muy bien interpretada por el elenco de actores, sobre todo por un endiabladamente divertido Eneko Sagardoy, se trata de un largometraje único, facturado desde el corazón y tejido por profesionales que, se nota, han crecido reverenciando esta temática. Supersticiones, imágenes que parecen sacadas de cuadros mefistofélicos, pequeñas gotas de goticismo y humor puramente vascuence y secuencias colmadas de detalles atmosféricos (admirables las del pueblo rugiendo contra el herrero antorcha en mano, rememorando la muchedumbre enfurecida de Frankenstein, y las imaginativas instantáneas del averno) se dan cita en este estupendo y hechizante aquelarre fílmico, ejemplo de la valentía y el atrevimiento que el género debería asumir tanto aquí como más allá de nuestras fronteras.

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GORRIÓN ROJO (Red Sparrow)

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , , on febrero 26, 2018 by Gonzalo Contreras

LA ESPÍA QUE SURGIÓ DEL FRÍO

Admitamos la verdad: uno entra a ver GORRIÓN ROJO, último trabajo de Francis Lawrence, artífice de éxitos cinematográficos de dudosa reputación (dirigió las soporíferas secuelas de Los juegos del hambre), creyendo que se encontrará con el típico blockbuster modelado como vehículo de lucimiento de su exitosa y flamante protagonista, la actriz Jennifer Lawrence, y cuya finalidad última consistirá en trasladar el éxito de público del best-seller de la temporada, en este caso la triunfal novela homónima de Jason Matthews, al formato cinematográfico. Poco importará su argumento, la excelencia de los diálogos, el acabado artístico o la coherencia entre sus secuencias de aventuras (las cuales, con toda probabilidad, explotarán hasta el hastío el inmejorable rostro de su estrella) siempre y cuando la taquilla responda de forma contundente. Imaginábamos, pues, un producto menor, escaso de contenido, palomitero e irremediablemente olvidable.

Por fortuna, la realidad poco tiene que ver con nuestra desconfianza inicial: ni el relato de base es desdeñable (más bien todo lo contrario, constituyendo un ejemplo de escritura y precisión) ni la película centra sus atributos en la presencia de su femme fatale, una, por otro lado, apabullante Lawrence pos-Mother! en la enésima demostración de su valía interpretativa. Allí donde la mayoría de estos espectáculos fracasan, dejándose llevar por los maniqueísmos y la grandilocuencia de sus planteamientos, esta sorprendentemente ambiciosa producción, historia de espionaje sobre jóvenes reclutados por el Gobierno ruso y amaestrados con el fin de proteger los intereses del Régimen (“a partir de ahora, vuestro cuerpo pertenece al Estado”), triunfa gracias a la sólida y elegantísima puesta en escena y al atrevimiento que asume en la ejecución de su guion: primero, por la violencia psicológica y explícita que imprime en sus mejores escenas; y segundo, y estrechamente relacionado, por la insólita sordidez sexual con la que expone el aleccionamiento físico y mental de estos agentes entrenados como auténticas máquinas de matar. Y todo ello sin salir de los cánones perfilados por el indistinguible aroma del entretenimiento hollywoodiense.

Bebiendo del mejor thriller de espías de los setenta, de John le Carré e incluso de la Nikita de Luc Besson (o en su vertiente americana, La asesina de John Badham), está espléndida cinta, tan seductora como extenuante, atesora, además, una brillante vuelta de tuerca final, indispensable para dar sentido completo al rompecabezas expuesto, y un apunte cinéfilo acorde con su latente morbosidad: visualizar a una portentosa Charlotte Rampling, directora del recinto en el que se preparan los agentes secretos, en una actuación que evoca, irremediablemente, a su papel más recordado: el de la sombría Lucía de Portero de noche. Puro masoquismo.

LADY BIRD

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , on febrero 22, 2018 by Gonzalo Contreras

LA IDEALIZACIÓN DE LA JUVENTUD

Érase una vez una joven de diecisiete años inteligente, inconformista y un tanto contestataria pero de buen corazón. Vivía con su familia en un barrio de Sacramento, justo en el lado de la vía del tren equivocado, caracterizado por una humildad que contrastaba con la ampulosidad de las mansiones que reinaban un pocos metros más allá. Soñaba con comerse a bocados el mundo, abandonar los dictámenes religiosos marcados por la escuela católica en la que estudiaba, descubrir por sí misma los secretos y el ambiente cosmopolita que esconden las ciudades situadas en la Costa Este de Norteamérica y alejarse de una madre a la que adoraba pero que, en el fondo, y como buena adolescente díscola e inmadura, no podía soportar. Se hacía llamar Lady Bird, quizás por intentar atrapar, aunque simplemente fuera a través de las letras que componían su nuevo apodo, parte de esas ansias de libertad que tanto anhelaba descubrir y que tan lejos le resultaba divisar. Su verdadera identidad.

Con total seguridad, y obviando los detalles más particulares, el argumento descrito en el anterior párrafo les suena familiar. Lo hemos visto exhibido, con mayor o menor fortuna, en innumerables producciones americanas, la mayoría desde la perspectiva independiente (o indie, como prefieran) que muestra la película que nos ocupa. No obstante, no se dejen llevar por los prejuicios. A diferencia de las más insulsas, lastradas por los convencionalismos y ciertos desmanes de pretenciosidad, la efectiva LADY BIRD, símbolo actual, por motivos evidentes, de la corriente feminista abanderada por Hollywood, sobrevuela por encima de la media gracias a la espontaneidad, el minimalismo y la carga nostálgica conferida por su directora, la (a veces pasional, a veces irritante) actriz Greta Gerwig, capaz de conglomerar con acierto los detalles más personales de su juventud y transformarlos en un collage que conecta de lleno con el pasado del gran público.

De esta manera, y apoyándose en la maravillosa interpretación de Saoirse Ronan, diamante en bruto de la industria actual y álter ego de la realizadora, compone un certero fresco sobre la reconciliación con esas raíces que un día rechazamos y la añoranza, vista desde la distancia, de aquellos maravillosos (e idealizados) años, capturando a modo de episodios sueltos momentos álgidos de la aventura misma del crecer: conversaciones inanes con nuestros amigos de sangre (brillante la secuencia en la que hostias no consagradas y debates sobre la masturbación comparten plano); las relaciones fallidas; las relaciones aún más fallidas; la soledad que conlleva la incomprensión y la fascinación que se proyecta más allá de los dominios del reino materno. Todo expuesto desde la más absoluta naturalidad, sin histrionismos, sin situaciones atípicas o falsamente desmesuradas, y en donde parece no pasar nada y, en el fondo, pasa de todo. Como en la propia adolescencia.

YO, TONYA

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , on febrero 19, 2018 by Gonzalo Contreras

ROMPIENDO EL HIELO

A los Oscar les gustan los biopics. Si no lo tienen claro, echen un ojo a ediciones pasadas de la ceremonia: acompañando a la propuesta indie del año, esa de la que todo el mundo habla en el momento de su concepción y que el tiempo desvanece de nuestra memoria pasada la gala, y a la producción afroamericana de ocasión, presente para evitar las críticas feroces de los académicos más pseudoprogresistas, se cuela, en las categorías principales, la típica película que trata de ensalzar (o en algunos casos, desmitificar) la figura de un personaje emblemático y clave en el terreno de su profesión. Sus características de concepto y fondo son fácilmente identificables: condescendencia en su tratamiento, remarcada, además, por un academicismo mal entendido, pomposo y falsamente emotivo; una descripción lineal de los hechos, ejecutada con más comodidad que riesgo; y, principalmente, una interpretación del actor que lo interpreta, casi siempre condecorada con la preciada estatuilla, más mimética que excepcional.

Este año, contra todo pronóstico, parecía que iban a ser dos los largometrajes de esta materia que entrarían en las candidaturas principales. Por un lado teníamos El instante más oscuro, retrato de los días más negros del mandatario Churchill y su lucha contra el Régimen nazi en plena Segunda Mundial, dotado, hasta el hastío, de las dudosas virtudes expuestas en el anterior párrafo; por otro, la cinta que nos ocupa, YO, TONYA, complejísima fotografía de la polémica patinadora americana Tonya Harding transcrita en formato de falso documental, excitante en su diseño visual e indomesticable en su provocadora narrativa. Finalmente, solo uno de ellos ha logrado formar de esta poco sorprendente carrera de premios. Imagino que ya habrán deducido cuál es.

Reflexiones aparte, ¿qué hace que esta cinta sea uno de los espectáculos más inteligentes, irreverentes y ásperos de la temporada? Precisamente, la sustitución de los artificios y los estereotipos aceptados por este género tan benevolente en favor de la lucidez creativa. “A los americanos se les ama y odia a partes iguales. Tonya era cien por cien americana”– con esta aseveración, expuesta en los primeros minutos de metraje y toda una declaración de intenciones de lo que veremos seguidamente, se presenta orgullosamente una opereta pletórica en su transgresión de los estandartes narrativos y en su feliz combinación de géneros, desde la prosa desquiciada, musical y camorrista impresa por el Martin Scorsese de Uno de los nuestros (ruptura de la cuarta pared incluida) a la elegancia y el humor endiabladamente negro de los hermanos Coen. En ella cabe de todo, y todo abordado con personalidad propia, única.

Amenizada de forma impecable (sí, se me acaban los adjetivos entusiastas) por Margot Robbie y Allison Janney, maquiavélica metamorfosis de la Margaret White de Carrie, sin Biblia en mano pero con pájaro al hombro cual temible pirata de los mares, el film sobresale, igualmente, en el osadísimo tratamiento que otorga a situaciones tan peliagudas como el maltrato infantil o la violencia de género y en la descripción del patetismo y el espíritu gañán reinante en esa América profunda que todavía late en El país de las libertades, culminada con una antológica secuencia final en donde se refleja, como en pocos relatos, el paralelismo y la dualidad existente entre el sueño americano y la más sangrienta realidad. Y esto, en los tiempos que nos ha tocado vivir, lastrados por el insoportable hedor de lo políticamente correcto, tiene un mérito incalculable.

BLACK PANTHER

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , , , on febrero 14, 2018 by Gonzalo Contreras

POCAS NOVEDADES EN EL HORIZONTE

Algún día, espero, entenderemos qué está ocurriendo con la cantidad avasalladora de producciones de superhéroes, la mayoría expuestas bajo la etiqueta de la todopoderosa Marvel, que, ausentes de un contenido mayor que el de entretener a las masas (lo cual no deja de ser una cualidad más que loable), están obteniendo unas opiniones abrumadoramente positivas entre la crítica especializada de todo el planeta. Película que surge, película que se convierte, automáticamente, en la mejor entrega de la franquicia. Métanse en las webs que reúnen pequeñas reseñas de los críticos estadounidenses más respetados; deléitense con sus puntuaciones máximas, acompañada casi siempre de unos adjetivos pletóricos en su condescendencia.

No soy experto en cómics. Ignoro, salvo en casos puntuales (el Batman de Bob Kane, sin ir mas lejos), el nivel de fidelidad que las adaptaciones presentan en relación al material de origen, ni tampoco comulgo, pues, con la nostalgia desprendida por unas viñetas que (no me cabe duda) han alegrado la infancia y existencia de infinidad de personas. Pero sí sé valorar cuándo un blockbuster de estas condiciones está facturado desde el corazón y el espectáculo más sincero y audaz. Mi veredicto se basa, por tanto, en aspectos puramente cinematográficos, que para eso estamos en el campo del séptimo arte. Y en ese sentido, BLACK PANTHER, el último exponente de estas propuestas regadas por la abundancia de piropos y alabanzas, no sólo está lejos de la supremacía que muchos aseguran, sino que se queda a medias en muchos y determinantes aspectos.

Empecemos por los aciertos, que los tiene: por primera vez en mucho tiempo, una película de superhéroes se atreve a romper con la estructura clásica latente en la última hornada del género, presentando un relato de base sólida (atención a las referencias evidentes a El rey león) carente del dudoso humor, aniñado y casi siempre indigesto, que caracteriza a la compañía y ofreciendo una desbordante imaginería visual, rica en detalles y colorido, en la construcción de los parajes que componen la región en la que transcurre la aventura (preciosos los planos oníricos con la aurora boreal de fondo y la majestuosidad de sus panorámicas). Y eso, ya de por sí, supone un pequeño soplo de aire fresco. Por contra, adolece estrepitosamente de algunos de los problemas de fábrica habituales en esta saga (una duración desorbitada, insólita teniendo en cuenta la escasa extensión de su argumento) y de nuevos frentes abiertos pulidos con desigual fortuna, principalmente su pretenciosidad a la hora de extrapolar los conflictos étnicos y raciales a nuestra actualidad política (sí, en este caso, la crítica al gobierno estadounidense se torna tosca y trivial) y la falta de carisma del protagonista principal, un endeble e insulso Chadwick Boseman, ensombrecido por un villano mejor construido que de costumbre y por unas heroicas amazonas, estas sí, protagonistas absolutas de la función y muy bien interpretadas por una bravísima Danai Gurira (sin duda, lo mejor del film), Lupita Nyong’ o y la recuperada Angela Bassett.

Con semejante disparidad, resulta difícil aceptar la grandiosidad de un largometraje vitoreado, incluso antes del estreno, por la legión de entusiastas afines a los tebeos y por un público que hará colas kilométricas en los cines para disfrutar de su visionado. Da igual cuántas veces lo haya visto antes, lo importante es repetir la experiencia. Los más críticos con esta deriva, en cambio, seguiremos esperando que un nuevo Nolan, Donner o Burton se atreva a dar un golpe sobre la mesa y recupere, en todo su esplendor, la magia que puede brindar esta desgastadísima y trillada temática.

LA FORMA DEL AGUA

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , , , on febrero 11, 2018 by Gonzalo Contreras

DONDE VIVEN LOS MONSTRUOS

No es casualidad que una de las principales referencias de LA FORMA DEL AGUA sea La mujer y el monstruo (Creature of the Black Lagoon), la maravillosa aventura acuática que dirigiera Jack Arnold a mediados de la década de los cincuenta. Su artífice, Guillermo del Toro, maestro de las sombras y los ambientes góticos, siempre se ha declarado un fan acérrimo de los grandes antepasados del género, un hecho que ha demostrado a lo largo de sus más de treinta años de carrera y cuya culminación se fraguó, hace tan solo tres años, con La cumbre escarlata, incomprendida y fastuosa revisión de los orígenes de la compañía Hammer, de los castillos perdidos en otras dimensiones, de los fantasmas que pernoctaban en los cuentos sobrenaturales leídos en nuestra niñez. Tres años después de aquel triunfo, el cineasta repite la jugada homenajeando (y actualizando, en todos los sentidos) a aquella revisión amazónica y extrañamente erótica de La bella y la bestia y, de rebote, a las monsters movies que inundaron las salas cinematográficas en esos días y cuya capacidad de evocación, merecedora de transgredir los límites del tiempo, se ha transmitido de generación en generación entre los cinéfilos amantes del cine de terror. Del terror puramente clásico, se entiende.

Pero no solo de tradición y artesanía vive esta preciosa película. Al igual que en las producciones más satisfactorias de James Whale o del contemporáneo Tim Burton, y sirviéndose de un contexto tan hipócrita, falsamente utópico y contradictorio como la Guerra Fría y los nuevos estandartes de progreso propagados por la América de Kennedy, el cineasta mexicano sigue fiel a sí mismo reflejando, nuevamente, la obsesión que caracteriza a la mayor parte de su filmografía: dar voz y voto (apréciese la connotación política, reflejo de la crispación social de la era Trump) a esas personas solitarias y repudiadas por los prejuicios marcados por la sociedad del momento. A los “seres que nacen demasiado pronto. O demasiado tarde”. Salen de noche, justo cuando los benefactores del american way of life yacen plácidamente en sus camas; se ven sujetos a oficios de mala muerte; viven en pequeños pisos en las afueras plagados de grietas y goteras y sus pequeños placeres residen en imitar los pasos de baile de viejas películas en blanco y negro o en apreciar el aromático olor que proporciona el incendio de una fábrica de chocolate. Pero no por ello renuncian a unos deseos de apariencia inalcanzable ni a la búsqueda de una felicidad que, quizá, se encuentra al otro lado de la barra de un restaurante de tartas incomestibles o en el ser monstruoso que habita en las mazmorras del lugar de trabajo.

Para agudizar los caracteres y la empatía de sus personajes principales, representados por Richard Jenkins y una impresionante Sally Hawkins, la atípica bella durmiente de este relato (una especie de Mia Farrow en La rosa púrpura del Cairo de contagiosa ternura y vitalidad), y como antídoto a las penurias del mundo real, Del Toro no duda en imponer una atmósfera fabulesca, colmada de tintes mágicos y acordes de cuento de hadas, a una narración marcada por los designios de la esperanza (en su universo siempre queda tiempo para las segundas oportunidades) y que oculta, entre sus paredes, un entusiasta y bellísimo tributo a la cultura cinéfila y musical de aquella época, válvula de escape en un años idealizados por el sueño americano y, en el fondo, teñidos de gris. Y es que, por encima de sus licencias argumentativas, La forma del agua es el testimonio audiovisual de un hombre que ama y siente el cine en sus venas, que entiende su lenguaje y los códigos que lo representan y que se deja el alma misma en cada proyecto.

THE FLORIDA PROJECT

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , on febrero 5, 2018 by Gonzalo Contreras

LAS CIÉNAGAS DEL REINO ENCANTADO

Ocurre todos los años. En mitad de la vorágine de los festivales de cine, llámense Toronto, Cannes o nuestro celebrado San Sebastián, y como si de un contagio masivo entre los espectadores se tratara, una película, casi siempre de apariencia humilde, se transforma en un fenómeno cinematográfico bendecido únicamente por criticas positivas. Los aplausos se extienden más allá del minuto de rigor; las redes sociales, con Twitter a la cabeza, se llenan de comentarios alabando la magnitud de la propuesta, la innumerable cantidad de valores que inundan cada fotograma, su patente y fulminante originalidad. Lo nunca visto y oído en una sala de proyección. Y aunque conoces los entresijos de estos eventos, en donde el cansancio y la necesidad de descubrir una obra magna se embarullan con unas emociones mal canalizadas, uno no puede evitar empaparse del entusiasmo generalizado por tanta cinefilia concentrada. Los prejuicios desaparecen, la apetencia de conocer el objeto de deseo entra en juego. Desgraciadamente, ya conocen el dicho: la curiosidad mató al gato.

Esta temporada, el origen de tanta efusividad se titula THE FLORIDA PROJECT. Enésima revisión de los resquicios de la América profunda vista a través de los ojos de los más indefensos, la película transcurre en un pequeño motel de carretera cercano al emblemático parque de Disneyworld. A escasos metros del país de los sueños, los reinos encantados, las hadas y los fuegos artificiales, de la cuna del capitalismo y el consumismo más atroz, familias sin recursos económicos, la mayoría desestructuradas y con hijos pequeños ajenos a su desoladora situación, malviven en un entorno dominado por las drogas, los malos hábitos y la marginación social. Riqueza y pobreza conviviendo puerta con puerta.

El problema de esta sobrevaloradísima cinta, de evidentes y plausibles connotaciones reivindicativas, se halla en la repetición sintomática de su estructura narrativa. Durante la primera hora y cuarto de metraje, fragmentada a modo de secuencias episódicas, compartimos las vivencias de los críos protagonistas (espejo de la actitud chulesca y camorrista de sus progenitoras) sin que en ningún momento brote un conflicto de mayor trascendencia y envergadura. Para colmo, su director, el no menos sobreestimado Sean Baker, busca constantemente la empatía del espectador desgranando las gamberradas ejecutadas por los chavales (algunas deleznables) desde una perspectiva cómplice y festiva. En otras palabras, lo que para algunos puede resultar adorable en pantalla grande, para otros, entre los que se encuentra un servidor, supone una experiencia difícilmente soportable.

Solo William Dafoe, guardián del reino de fantasía idealizado por los niños y testigo, en primera persona, del patetismo y la miseria que rodea a sus inquilinos, y algunos capítulos del relato (el incidente con el pedófilo, repugnante por lo que da a suponer más que por lo que muestra), versos sueltos en un todo inconsistente, consiguen visibilizar el buen material de partida que yacía sobre papel. Y es que, a pesar de sus propósitos, The Florida Project apenas se aleja de los típicos productos facturados para triunfar en certámenes como Sundance y revestidos con los últimos dobladillos del cine independiente norteamericano que tanta aceptación tienen en el momento de su gestación y cuyo halo divino se diluye como un azucarillo meses después de su estreno. ¿Se acuerdan de un film titulado Moonlight? Pues eso. La supuesta belleza de lo efímero.