THOR: RAGNAROK

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , , on octubre 26, 2017 by Gonzalo Contreras

NUEVO ENVOLTORIO PARA LA HISTORIA DE SIEMPRE

Del cine de superhéroes hemos hablado y discutido largo y tendido en la última década. En esta página, en foros de toda índole posible o con los amigos tomando unas cervezas, divididos, como si fueran las dos Españas, entre los defensores de la sombría DC Comics y los de la colorista Marvel Studios. El entusiasmo de los fans más acérrimos, vengan del bando que vengan, contrasta con la sensación de que todo el optimismo que acompaña a cada nuevo proyecto, precedido de unas desorbitadas críticas favorables al otro lado del charco, pocas veces adquiere resultados visibles en el producto final. De hecho, ha llegado un momento que para saborear las (supuestamente) brillantes cualidades de estas películas, todas pertenecientes a un mismo universo iniciado, en este caso, con la primera parte de la muy correcta Los vengadores, es indispensable hacer un cursillo intensivo para entender cada chiste, cada frase evocadora de un film anterior, cada escena aderezada con toneladas de emotividad por su relación directa con otra secuencia mítica de la saga. O lo que es lo mismo, rever con lupa la colección de cintas desde sus orígenes, incluyendo los despropósitos que, en más de una ocasión, nos ofrece esta temática indudablemente desgastada por obra y gracia de la industria hollywoodiense (y de las legiones que hacen cola en los cines).

THOR: RAGNAROK, tercera parte de uno de los mayores traspiés engendrados por la compañía, ofrece lo de siempre en este tipo de espectáculos: fuegos artificiales por doquier, escenas interminables de peleas entre héroes y villanos, torsos musculados, féminas guerreras y destellos fosforescentes marca de la casa. Eso sí, con dos alicientes ausentes en las anteriores entregas, los cuales la convierten, al instante, en la mejor aventura de la (flojísima) trilogía del dios nórdico: por un lado, la resurrección del espíritu camp, cutre y desfasado que pusiera de moda la envejecidísima (desde el momento de su estreno) Flash Gordon, la Barbarella de los años ochenta, potenciada por un brillante juego audiovisual en el que se entremezclan colores psicodélicos con una electrizante banda sonora con acordes de la actual y exitosa Wonder Woman; por otro, la participación de los siempre espléndidos Jeff Goldblum y Cate (todoterreno) Blanchett, diabólicamente traviesos en sus roles de pérfidos antagonistas.

No obstante, y como viene siendo habitual, detrás de su rollo discotequero, de sus imponentes efectos visuales y su vena canalla, heredera de la muy superior Guardianes de la galaxia, poco más puede aportar un largometraje condicionado, hasta extremos preocupantes, por el esquema básico agenciado por la factoría marvelita (conflicto estelar a modo de presentación – aparición del villano – caída en desgracia del héroe – resurgimiento y batalla final entre el bien y mal) y por el archiconocido dulzor que impregna sus propuestas, capaz de teñir cualquier tragedia, cualquier catástrofe apocalíptica, de un insufrible color rosa. Tan liviana y amena como intrascendente, Thor: Ragnarok no deja de ser la constatación de que, por mucho que la gallina de los huevos de oro siga dando sus frutos monetarios, es necesario una reinvención (o un descanso hibernal, que tampoco estaría de más) de los estandartes y estereotipos que definen a este género. Y de forma urgente.

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EL SECRETO DE MARROWBONE

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , on octubre 26, 2017 by Gonzalo Contreras

SECRETOS EN EL ÁTICO

Hace tres años, en plena inauguración del Festival de San Sebastián, una película concentró la mayor parte de las críticas negativas de aquel día. Se titulaba Regresión y la dirigía Alejandro Amenábar, un director, hasta ese momento, encumbrado como uno de los mayores talentos de su generación. Malacostumbrados a producciones de mayor calado y pretensiones, a veces mastodónticas (Ágora), otras íntimas y evocadoras (la magistral Los otros), el público asistente quedó perplejo ante un largometraje (producido por la todopoderosa Mediaset) insólito en la filmografía del cineasta de origen chileno. Buscaban innovación y riesgo, y se encontraron con un viaje a las profundidades del folclore norteamericano y sus particulares monstruos tan incomprendido en sus planteamientos como innegablemente efectivo en sus conclusiones.

El fenómeno ha vuelto a pasar. Misma productora y escenario de presentación, mismas opiniones encontradas, idéntica calidad del producto. La sorprendentemente notable EL SECRETO DE MARROWBONE, primer trabajo del exitoso (y excelente) guionista Sergio G. Sánchez, no pretende renovar los estandartes ni los lugares comunes del género fantástico. De hecho, más que apostar por una vuelta de tuerca a la temática de casas de encantadas y seres de ultratumba, reivindica, con gran acierto, la recuperación plástica y narrativa de los antiguos y más laureados terrores nocturnos, de Henry James y sus lúgubres y epidérmicas estancias, de los juegos de luz que permiten visualizar aquello que intuimos en la penumbra, de la soledad y frialdad que respiraban las historias de fantasmas de finales de siglo XIX. Y para ello no duda en empaparse descriptivamente de la historia que le diera fama (la inteligente y celebrada El orfanato) y de algunos clásicos emblemáticos del horror fantasmagórico (Suspense y su variante ibérica, la mencionada Los otros), homenajeando, bajo las cuerdas del suspense más actual y ambiguo, la injustamente olvidada A las nueve, cada noche, una de las radiografías más lúcidas, incómodas y desoladoras proyectadas sobre el mundo inexplorado (y, si se quiere, tenebroso) de la infancia.

Dejando claro la presencia de ciertos aspectos poco pulidos, entre ellos el abuso de su preciosa partitura y un epílogo innecesariamente cándido en relación a la sordidez de la propuesta, las intenciones de esta película son realmente buenas. Y los resultados, más que dignos. Magníficamente dirigida por G. Sánchez a modo de cuento sobrenatural, a caballo entre el terror psicológico y el clasicismo melodramático, El secreto de Marrowbone es una película oscura, opresiva y triste. Pero dotada de talento. Y como en los más absorbentes relatos de misterio construidos en base a un desenlace insólito, sobrevuelan en el aire algunos conceptos morales más estremecedores que lo expuesto físicamente en la gran pantalla.

LA MONTAÑA ENTRE NOSOTROS

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , on octubre 4, 2017 by Gonzalo Contreras

EL AMOR MUEVE MONTAÑAS

La historia la conocemos de sobra. Dos extraños viajan a un lugar de Norteamérica. Él está felizmente casado con su esposa; ella, también emparejada, planea su boda soñada. Hay un accidente. Sólo sobrevive la pareja protagonista. Después de ciertos devaneos y peleas, fruto del miedo, la incertidumbre, los secretos no revelados y la seguridad de que jamás serán rescatados a no ser que pongan tierra de por medio, empiezan a sentir una atracción mutua. Y surge el amor. Cupido, ya se sabe, trabaja mejor en parajes ausentes de población. Ya nos lo demostró Randall Kleiser en esa fábrica de hormonas adolescentes que era El lago azul, Guy Ritchie en la innerrable Barridos por la marea, comienzo de su declive cinematográfico, e Ivan Reitman en su descafeinada Seis días y Siete noches, tres largometrajes cuyo único propósito radicaba en reventar la taquillas de medio mundo a base de planteamientos razonablemente parecidos (dejemos solos a un hombre y una mujer en mitad de la naturaleza y a ver cuánto tardan en intercambiar fluidos).

Dirigida, sorprendentemente, por Hany Abud-Assad (cineasta de origen palestino tremendamente comprometido, realizador de piezas tan estremecedoras y valientes como Paradise Now y Omar) a partir de la novela homónima de Charles Martin, LA MONTAÑA ENTRE NOSOTROS se ajusta, con resultados más aceptables de lo normal, a las directrices marcadas por esta temática mil veces manoseada por la industria de Hollywood. Tras una presentación rápida de los dos personajes principales, el film arranca con un estimulante ¿plano secuencia? en el que se muestran los momentos anteriores al trágico incidente. Más que centrarse en su traumática experiencia, el director opta por desarrollar el idilio que poco a poco se va fraguando en la pareja, adornando las secuencias con bellísimas postales nevadas de una cordillera que parece no tener fin y exponiendo una supervivencia bendecida por todo tipo de felices casualidades.

A pesar de la nula química entre Kate Winslet e Idris Elba, estupendos por separados pero faltos de carisma cuando comparten plano, Assad muestra soltura tras la cámara y ofrece una narración limpia, con los artificios propios del género bien dosificados, consiguiendo un relato pegajoso pero respetable, insignificante pero con momentos de moderada emoción. Un ¡Viven! para toda la familia, sin el dramatismo ni los derroteros antropófagos de la epopeya de Frank Marshall. Eso sí, y aun a riesgo de parecer quisquilloso, podría haberse ahorrado la relamida y sonrojante escena que cierra la película.

BLADE RUNNER 2049

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , , , on octubre 3, 2017 by Gonzalo Contreras

LA BELLEZA DE LO SUPERFICIAL

Resulta difícil de creer en la actualidad, pero hay que recordar que Blade Runner, la magistral cinta que dirigiera Ridley Scott en 1982, su tercera joya consecutiva tras su ópera prima Los duelistas y una tal Alien, el octavo pasajero, tuvo una acogida atroz en el momento de su estreno. Impropia, tal vez, de los festivos y comerciales años ochenta, el público mayoritario y los críticos en general de la época (muchos de los cuales, tiempo después, acabaron por admitir el error de sus palabras) despedazaron una película adelantada a su tiempo, visionaria a la par que innovadora, que unía de forma arrebatadora la fantasía estéticamente desoladora, distópica, poética y futurista con brillantísimos destellos del mejor cine negro (una trama cocinada a fuego lento, detectives construidos a la imagen de Phillip Marlowe, femmes fatales tan misteriosas como atrayentes). El paso de los años, y sobre todo la nueva hornada de cinéfilos, incapaces de entender las razones de su estrepitoso fracaso, rescataron las innegables virtudes de un largometraje, todavía hoy, objeto de estudio en numerosos círculos cinematográficos (y de otras especialidades ajenas al celuloide) por la infinidad de lecturas morales, filosóficas y místicas que mostraba, alzándolo como una obra mayor a la altura de hitos como Metrópolis, 2001: Una odisea del espacio o la mencionada Alien. O lo que es lo mismo, en el selecto Olimpo de las obras maestras atemporales.

Desde el momento de su concepción, y esto es un hecho incuestionable, BLADE RUNNER 2049 transmitió buenas vibraciones. Se podía palpar en el ambiente que no era una secuela al uso, ni tampoco uno de esos proyectos hollywoodienses cuyas únicas intenciones radican en rescatar los buenos resultados económicos de antiguos y celebrados éxitos de taquilla. Había ambición, verdaderos propósitos por hacer las cosas bien, intenciones que acabaron confirmándose con la elección del ya consolidadísimo Denis Villeneuve como sabio ejecutor del film. Desde su primer reconocimiento crítico, la asfixiante y estremecedora Incendies, pasando por sus desvaríos mentales y kafkianos (Enemy, quizá su obra maestra) hasta sus coqueteos con el thriller comercial heredero de David Fincher (la adictiva Prisioneros), todos sus trabajos brillaban por su innovadora puesta en escena, por su capacidad de construir ambientes sórdidos irremediablemente fascinantes a ojos del espectador, por su dominio del mejor suspense, ya sea en espacios realistas o puramente oníricos. Y no sólo eso. Gracias a la excelsa La Llegada, también ha demostrado que entiende, como ningún otro cineasta contemporáneo, los siempre intrincados engranajes que encierra la Ciencia-Ficción. Su esencia indómita, el poder transgresor y lírico que hierve en sus venas. Con semejante curriculum cinematográfico, unido a la magnificencia del proyecto, nada podía salir mal en una película bendecida, incluso antes de las primeras proyecciones, como la última pieza clave del cine estadounidense. Quizá, de forma precipitada.

Villeneuve aprueba el examen, pero se queda a varios puntos de obtener el sobresaliente. Como ya hiciera Scott, ha vuelto engendrar un mundo de ensueño, casi apocalíptico, más allá del tiempo y el espacio, dominado por unas tecnologías que engullen cualquier atisbo de humanidad y plagado de luces de neón, oscuridad y ciudades salpicadas por la caída incesante de nieve. Una paisaje muerto, sin alma, pero lleno de posibilidades en términos cinematográficos. Sobre el papel la idea no puede ser más evocadora; en pantalla grande, si bien se transforma en un espectáculo de una potencia visual imponente, también adolece de una frialdad que impide a la cinta aprovechar el excelente material de partida. El virtuosismo técnico del director se hace patente en cada instantánea, en cada secuencia bellamente rodada, en la carga onírica ingeniosamente introducida a lo largo del metraje. Pero dentro de esas capas de envoltorio, de esa pureza estética, a la película le falta pasión, aliento lírico, la innovación que sí proporcionaba el reverenciado clásico original. La imagen, una vez más, acaba por devorarlo todo.

Pero si en algo falla Villeneuve es en traicionar el espíritu y algunos de los conceptos expositivos fundamentales de la primera parte: la melancolía y los apuntes evocadores son confundidos con decadencia y patetismo (en ocasiones, hasta limites indigeribles); la unión de los personajes, encabezados por el inexpresivo (y aquí, sobrevaloradísimo) Ryan Gosling e interesantísimos individualmente, resulta aséptica, carente de magnetismo y emoción; y, como apunte más doloroso, el cine negro que impregnaba espléndidamente cada fotograma de aquella, con esas avenidas invadidas por la lluvia ácida y el barroquismo que asolaba las calles de la metrópoli, queda reducido a cenizas. Al final, todo resulta demasiado impostado, tanto a niveles audiovisuales (la búsqueda del encuadre perfecto) como en aspectos específicamente argumentativos (optando por esa manía insoportable de dejar frentes abiertos para nuevas franquicias cinematográficas). Pero no me hagan mucho caso, habla un entusiasta empedernido del film de Ridley Scott. Puede que, como ya ocurriera con esta, los planteamientos expuestos en Blade Runner 2049 necesiten una amplificación mayor que la que proporciona un único visionado. El tiempo pondrá las cartas sobre la mesa.

MOTHER!

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , on septiembre 26, 2017 by Gonzalo Contreras

PALABRA DE ARONOFSKY

Hay películas que han nacido para romper cualquier tipo de esquema cinematográfico previamente definido, poniendo patas arriba todo aquello que creías haber visto, escuchado y experimentado hasta entonces en los límites de la gran pantalla. Tan bestiales, tan puramente intensas, tan atípicas en la magnitud de su propuesta, que los códigos con los que trabajan no son aptos para todos los paladares, ni siquiera para aquellos críticos curtidos en la experiencia de años incontables de trabajo. La radicalidad de su envoltorio, unido a un declarado afán de provocación, encriptan el valor del mensaje y abren nuevos dominios narrativos ignotos en la historia del séptimo arte, chocando con el conservadurismo y la corrección política de una amplia mayoría y condenándolas a una división tan profunda que el término medio brilla por su ausencia: o las amas hasta la extenuación o las aborreces sin compasión alguna.

El tiempo, eso sí, se acaba convirtiendo en el gran aliado de esta colección de insólitas piezas. Su condición de revolucionarias, de haber nacido en una época que no les corresponde, se constata en el momento en que su influencia se cristaliza en posteriores proyectos cinematográficos. Y en este sentido, en el influjo plástico y narrativo de su cine, el director Darren Aronofsky es clave para entender los derroteros adoptados en el celuloide de principios de milenio. Auténtico Creador (nótese la mayúscula) de atmósferas, promotor de algunas de las más extraordinarias obras recientes, armas de doble filo tan vitoreadas como denostadas (con Cisne Negro y la incomprendida La fuente de la vida en la cúspide de su carrera), su visionaria y tétrica inventiva le ha permitido bucear y diseccionar, como sólo han conseguido genios de la talla de Polanski, Lynch y Buñuel, los complejos y atrayentes recovecos de la locura. Fatalismo, desasosiego y decadencia forma parte de su jerga cinematográfica. Y como exponían sus referencias, para sacar el máximo jugo a sus descarriados personajes, los aboca a un descenso a los infiernos sin billete de vuelta. Allí, en la autodestrucción, en los designios del sacrificio final, es capaz de encontrar la belleza más pura y sublime. La catarsis última. Características nuevamente presentes en MOTHER!, su último y monumental trabajo.

Como buen maestro de ceremonias, y bajo los engranajes propios de la temática de invasiones domésticas, Aronofsky atrapa a la audiencia en su inquietante telaraña haciendo suyo el lenguaje expositivo de su reverenciado Polanski y ensalzando los elementos paranoicos y definitorios de su obra cumbre, La semilla del diablo: una mujer de cálida mirada y aspecto incorrupto, álter ego de la también virginal Rosemary Woodhouse; un marido de porte enigmático; extraños sin nombre que poco a poco van adueñándose del caserón en el que se desarrolla el relato… El terror se va apoderando poco a poco de la narración, la teatralidad de su ejecución se vuelve irrespirable y uno no puede evitar sentir la inequívoca sensación de que esas presencias que conspiran contra nuestra heroína, perseguida de forma insidiosa por la cámara del director, esconden una lectura mayor que la del subgénero en el que presumiblemente se encuadra la cinta. No es hasta la segunda parte del acto, con ecos de tragedia griega, cuando se vislumbra el verdadero corazón de la película: en su anarquía, en sus delirantes y mefistofélicas instantáneas, se esconde una alucinógena metáfora con alas místicas sobre la Creación, la tentación, la codicia de los hombres y la destrucción del único paraíso que conocemos. Sus mensajes cifrados, cargados de un irrefrenable oscurantismo, se desnudan y arrasan con los esquemas del espectador, siendo necesaria su participación a la hora de dar sentido al vodevil apocalíptico propuesto por el realizador.

Arriesgadísima en cada trazo, en cada símbolo bíblico propuesto, el cineasta ha firmado, probablemente, la película más personal e impactante de su filmografía. También, la que marcara los senderos artísticos de sus próximos proyectos, siempre y cuando se deje llevar por sus corazonadas y no por la respuesta, seguramente funesta, del público mayoritario. Su falta de complejos, libre de convencionalismos, y su celebración del exceso y el frenesí la convierten en una obra maestra de múltiples interpretaciones, pero poseedora de una única Verdad. Y, sobre todo, en una rara avis en su búsqueda de nuevos enfoques narrativos. El cine no ha muerto, tiene vida, y todavía existen artesanos capaces de reiniciar, una y otra vez, la magia universal que se esconde en sus entrañas. mother! es la prueba fehaciente de ello. Palabra de Aronofsky.

KINGSMAN: EL CÍRCULO DE ORO

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , on septiembre 21, 2017 by Gonzalo Contreras

ENÉRGICA ACTUALIZACIÓN DE LA SAGA

Éxito indiscutible de 2015, Kingsman: Servicio secreto proponía, sobre el papel, una sugestiva vuelta de tuerca al universo cinematográfico protagonizado por el agente 007, exaltando para ello los elementos definitorios de la saga (espías modélicos, gadgets imposibles, villanos megalómanos con ansias de liquidar la Tierra) y regalando al actor Colin Firth uno de esos papeles que demuestran que, además de buen intérprete, sabe pasárselo bien delante de las cámaras. Vestido de punta en blanco, con gafas de pasta y paraguas multiusos, su actuación era lo mejor de una película innegablemente efectiva, provista de grandísimas intenciones pero demasiado dependiente de sus modelos de referencia, que optaba equivocadamente por saturar la función con cantidades ingentes de ingredientes tarantianos (o lo que es lo mismo, hemoglobina a borbotones) con el fin de contentar a las nuevas y poco cinéfilas generaciones.

En KINGSMAN: EL CÍRCULO DE ORO hay más acción, más cameos de rostros populares del celuloide (algunos, como Halle Berry, pertenecientes al mundo Bond), más música evocadora al servicio de imposibles momentos acrobáticos. Lo curioso es que, lejos de empachar e invocar el fantasma del déjà vu, supera a su predecesora al desligarse de las raíces que hicieron germinar la primera entrega. El homenaje al agente creado por Ian Fleming persiste (la escena en las cumbres montañosas, toda una delicia para el fan acérrimo) pero sin que ello entorpezca los nuevos cauces marcados, prevaleciendo la parodia y la actualización teen del subgénero de espías como núcleos primordiales de la narración. Independizándose de sus fuentes y añadiendo nuevos conceptos a la aventura (el contraste entre el refinamiento británico y la tosquedad yanqui), la cinta adquiere su verdadera identidad: un blockbuster enérgico, moderno dentro de su empaquetado puramente kitsch y de ritmo colérico, sin más pretensiones que la de entretener al gran público a base de fuegos artificiales y estiradísimas batallas campales.

Salvo en una secuencia emocional que no desvelaremos (al son de una preciosa melodía country himno en tierras de Virginia Occidental), aquí no hay tiempo para gimoteos, ni dramas, ni operetas trágicas. Solo hay cabida para la acción más alocada, hilarante y desenfrenada. Y si a esto le añadimos a una villana de altura, interpretada por una adorablemente diabólica Julianne Moore (más que actuar, parece una niña disfrutando de las atracciones de un parque temático), y la participación estelar de Elton John, embutido en su característico y setentero traje de plumas y experto en artes marciales (sí, han leído correctamente), tenemos un fin de fiesta veraniego de lo más excitante. Y adictivo.

LA REINA VICTORIA Y ABDUL

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , on septiembre 21, 2017 by Gonzalo Contreras

LA SOLEDAD DE LA REINA

A lo largo de sus más de treinta años de trayectoria, Stephen Frears ha evidenciado, en sus mejores trabajos, una predilección por historias protagonizadas por personajes de complejísimo temperamento, frustrados por la vida o embriagados por el éxito más efímero e incontrolable y ocultos bajo caretas indescifrables, bien por mantener las apariencias bajo un estatus mayor, bien por pertenecer a una condición social que les impide expresar sus sentimientos más puros y auténticos. Basta con aproximarse a Las amistades peligrosas, Café Irlandés o Abrete de orejas, indómitos proyectos dominados por una acidez y un grado de negrura brillantemente dosificados por el cineasta británico. Empero, y esto es una cualidad presente en sus cintas más deslucidas, cuanto mayor es el nivel de suavidad expuesto en el tratamiento de sus relatos (y, por ende, en el de sus héroes), menor es la solidez de su resultado final. La linealidad se apodera de la función, difuminando con ello su característico toque personal. Ya pasó en Chéri, la flojísima adaptación del libreto homónimo de Colette que pretendía resucitar la carrera de Michelle Pfeiffer. Y algo parecido ocurre con el largometraje que nos ocupa.

Durante la primera hora de LA REINA VICTORIA Y ABDUL, relato sobre la amistad (y, quizá, algo más) de Victoria de Reino Unido y un sirviente de la Corte de origen musulmán, convertido por obra y gracia de la soberana en ayudante personal de la Corona, Frears, curtido en los dramas de época, recoge con gran astucia algunos de los tics más habituales de la comedia clásica británica. Desde la secuencia inicial, brillante y sutil presentación de los dos protagonistas principales, pasando por la triste y empática descripción de la soledad de la monarca, atrapada entre los muros protocolarios de su particular reino y necesitada de una mano amiga, esta variante epidérmica de Paseando a Miss Daisy otorga momentos de notable interés gracias, en gran medida, a los afilados y mordaces trazos de su guion y a una Judi Dench pletórica haciendo de sí misma (de hecho, retoma un papel que ya interpretara en la olvidada y muy apreciable Su majestad, Mrs. Brown).

No obstante, su puesta en escena, poco memorable pero sí encantadora, se pierde a partir del ecuador de la cinta, momento en el que la mano firme del director desaparece y entra en juego la sensiblería y un extenso abanico de convencionalismos narrativos. Las escenas cómicas, dominadas hasta entonces por la ironía y el regusto añejo, dan paso a un humor atropellado, casi paródico. Y en vez de profundizar en la relación de amistad y en la fascinación que le producía a la Emperatriz de la India su inusual camarada, ventana abierta a ese territorio de placeres y exotismo inexplorados por su condición real, la película opta por diseminar el conflicto palaciego que originó tan atípica fraternidad, cayendo en la reiteración y en unas líneas de guion mucho más estereotipadas e identificables. Se echa en falta mayor incisión en la trama, más riesgo y menos maniqueísmo, el aliento crítico y abrasivo que el cineasta muestra en sus trabajos más competentes y satisfactorios (sin ir más lejos, en su otra aventura monárquica, la espléndida La reina). La corrección y calidez del producto, innecesariamente abierto a todos los públicos, permanece inalterable a lo largo de sus dos horas de metraje, pero queda la sensación de que el material de origen se ha desaprovechado en su conjunto. A Frears podemos exigirle más, mucho más.