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120 MINUTOS PULSACIONES POR MINUTO

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , on enero 16, 2018 by Gonzalo Contreras

LA PESTE DE LOS OCHENTA

Cinco años después de que Rock Hudson, uno de los símbolos más queridos e idolatrados del Hollywood dorado, visibilizara al mundo el drama del SIDA con unas declaraciones en la que admitía ser portador del virus, la enfermedad, considerada la “peste de los años ochenta” (o el cáncer gay, como muchos medios de comunicación lo definían ignorantemente por aquel entonces), seguía causando estragos en una sociedad convencida de que su transmisión estaba ligada de forma exclusiva al club de las llamadas cuatro haches: homosexuales, hemofílicos, heroinómanos y haitianos.

Sin cura ni tratamiento conocido, estigmatizados por la infamia retrógrada (la cual sentenciaba que era un castigo divino y justo de Dios) y los falsos mitos que aseguraban que su contagio se debía a un simple roce, un beso o a la compartición de aseos públicos, cientos de activistas, la mayoría compuestos por personas seropositivas y familiares de las mismas, se echaron a la calle iniciando una serie de campañas con el fin de concienciar a la población sobre la verdad de la afección y denunciar el pasotismo de los gobernantes y las grandes compañías farmacéuticas en una carrera contrarreloj que auguraba la certeza de un desenlace fatal.

Descarnada, remarcada por un contradictorio estado de júbilo y visualizada con pasmosa sencillez, la mayor efectividad de 120 PULSACIONES POR MINUTO, fotografía de dichas reivindicaciones expuesta en carne viva y sin protecciones que aminoren el golpe, reside en una estructura narrativa hábilmente diseñada por su director y también guionista, Robin Campillo: con el fin de plasmar, en toda su esencia, la lucha sin cuartel de aquellos años, el cineasta divide la película en dos partes bien diferenciadas, exponiendo en su primera hora y cuarto las interminables auditorías que precedían a las manifestaciones y las actividades de sensibilización del problema (dotándolas de credibilidad y potenciando el debate extracinematográfico) y reservando, para la segunda mitad, la explosión de todo su engranaje melodramático.

De golpe, el espectador experimenta la fiereza letal del virus en primera persona, sus daños colaterales y la sensación de incertidumbre, dolor, soledad y rabia que deja a su paso. Nada es gratuito en este estupendo, descorazonador y valiente largometraje, ni las escenas de sexo, subrayadas con notable sordidez, ni las secuencias de efímera celebración en las discotecas de ambiente en donde el polvo (nótese el doble sentido) que se percibe a través de los focos se transforma, lenta y silenciosamente, en el germen del mal.

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