Archivo para Agatha Christie

LA CASA TORCIDA

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , , on abril 11, 2018 by Gonzalo Contreras

CLUEDO PARA PRINCIPIANTES

La perversa, intrincada y afiladísima pluma de Agatha Christie no ha tenido excesiva suerte en el cine. Salvo honrosas excepciones, ejecutadas por cineastas de una brillantez intachable, llámense Sidney Lumet o Billy Wilder (la excelsa Asesinato en el Orient Express y la impecable Testigo de cargo), prácticamente la totalidad de sus adaptaciones, esquemáticas y afincadas en un trasnochado estilo forzadamente glamouroso, han preferido apostar por el carisma de su plantel de estrellas, formado casi siempre por una confrontación generacional de actores de renombre (algunos en su ocaso interpretativo) con otros en pleno esplendor de sus carreras, más que en la solidez costumbrista y en el maquiavélico encanto presentes en las intrigas palaciegas de base.

LA CASA TORCIDA, cuestionable puesta de largo cinematográfica de una sus obras más alabadas, se estrena pocos meses después de la sorprendente y estupenda revisión que el director Kenneth Branagh realizara del mencionado clásico Asesinato en el Orient Express. Y qué mejor que recuperar aquella película para remarcar los fallos acaecidos en esta torpe y poco inspirada traslación fílmica: mientras la cinta de Branagh asumía riesgos y proporcionaba un entretenimiento de altura, libre de pretensiones y pletórico en su recuperación de un estilo abiertamente “retro”, la película que nos ocupa, dirigida por el insípido Gilles Paquet-Brenner (La llave de Sarah, Lugares oscuros), es incapaz de sobresalir más allá de un empaquetado acartonado, bochornoso en su anticuada puesta escénica (visible en el contraste de unas estancias que tratan de reflejar la personalidad de sus inquilinos, unas decoradas a la antigua usanza, otras próximas a la pomposidad plasmada en los capítulos más esperpénticos de la serie American Horror Story), y de una historia, de ser fiel al libro, ausente de la lucidez y creatividad tácita de la escritora inglesa.

Desgraciadamente, los peros no acaban aquí. Sorprende, y mucho, que un guionista de la talla de Julian Fellowes, artífice de libretos tan fascinantes e indistinguiblemente británicos como Gosford Park o Downton Abbey, haya adaptado el relato con con tan poca gracia, con tan poco corazón. Tampoco ayuda la dirección de Paquet-Brenner: ni es capaz de extraer la sangre a ninguno de sus personajes, presentados uno a uno durante los primeros e interminables cuarenta minutos e infectados por los patrones más enfáticos del cine clásico de suspense (la viuda atractiva y voluptuosa, los sirvientes de porte noble y aspecto amenazante…) ni destaca en la planificación de las secuencias clave. A excepción de una lograda escena musical con ecos, por colorido y temática, del Suspiria de Dario Argento, el director nos obsequia, durante las casi dos horas de metraje, con unos enrevesadísimos e incomprensibles tiros de cámara y una fotografía que, más que brillar, acaba resultando cegadora.

Como ya ocurriera en los largometrajes de los años setenta, lo más destacable del film radica en la supuesta sorpresa final. Pero para quienes llevamos años empapándonos de la imaginaria de Christie, de sus juegos del gato y el ratón y de unas tramas englobadas en el subgénero Whodunit, posiblemente la respuesta al enigma, menos complicada de lo que parece, deje una sensación de gran decepción en los labios.

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ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , , , , , on noviembre 20, 2017 by Gonzalo Contreras

UN CADÁVER A LOS POSTRES

La primera versión de Asesinato en el Oriente Express, adaptada del absorbente relato de Agatha Christie y dirigida por un Sidney Lumet que abandonaba, durante unas horas, su cine declaradamente comprometido, era, ante todo, una vuelta a las raíces de la cinematografía clásica. El glamour del Hollywood dorado, desplazado en aquellos años por las nuevas tendencias cinematográficas (Scorsese y Coppola ya daban muestras de su talento), se volvía a palpar en cada rincón de sus ostentosos vagones, en los reconfortantes coches-cama color caoba y en las imprescindibles comidas de etiqueta, regadas con los mejores caldos y acompañadas de los majestuosos paisajes por los que circulaba el convoy. Admirablemente interpretada por un impensable Albert Finney en el papel protagonista, la película no solo se convirtió, junto a la maravillosa Testigo de Cargo, en la mejor traslación cinematográfica de una novela de la escritora británica; también, en un gozoso testimonio de lo más granado de la industria de la época, reuniendo a eminencias fílmicas en el ocaso de su carrera (la insustituible Ingrid Bergman) con prometedoras estrellas en pleno auge interpretativo (Sean Connery y Jacqueline Bisset, entre muchos otros).

Más de cuarenta años después, el director Kenneth Branagh, cineasta fascinante en los comienzos (Enrique VIII, la inmensa Mucho ruido y pocas nueces) y más inestable en sus últimos trabajos (Cenicienta, La huella), plantea en su nueva y plausible revisión de ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS una jugada a contracorriente equiparable a la perpetrada en el clásico de 1974: por un lado, la celebración de un estilo “retro” y desfasado, construyendo una película que se siente pletórica de su empaquetado envejecido y declaradamente pasado de moda; por otro, la evocación, por su carácter coral, de las producciones de antaño trufadas de reconocidos artistas, reuniendo en un mismo largometraje a actores de la talla de Michelle Pfeiffer, Johnny Depp (en su actuación más comedida en lustros) o la veterana Judi Dench.

El resultado es una estupenda adaptación delineada a la antigua usanza que, si bien no alcanza en su conjunto la maestría de Lumet, sí construye momentos de enorme interés gracias a la interpretación de Branagh, magnífico en su caracterización de un Hércules Poirot más tenue y profundo, y a la dirección impresa por el propio actor. Brillante en los detalles más distinguidos, acertada en sus licencias narrativas, totalmente amoldables al material de partida, destaca, además, por el virtuosismo del que hacen gala las mejores escenas (los diferentes planos cenitales, la inmejorable carta de presentación de sus personajes, rodada en plano secuencia desde el exterior del tren) y, sobre todo, por la atrevida resolución del caso, planificada como si se tratara de la mismísima Última Cena.