Archivo para Ari Aster

HEREDITARY

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , on junio 16, 2018 by Gonzalo Contreras

LA DESMEMBRACIÓN DEL MAL

Polanski, con su imprescindible La semilla del diablo, máximo exponente de la sugestión, del principio de “sugerir pero no mostrar”, construyó los cimientos de base. Friedkin, artífice de la no menos indispensable El exorcista, potenció, desde la óptica de la posesión demoníaca, la idea de impregnar el horror cinematográfico de una veracidad palpable, adoptando nuevas formas conceptuales desconocidas hasta ese momento. Por primera vez, y lejos de las normas corpóreas propuestas por maestros como Browning o Fisher, el Mal se convertía en un Ente abstracto, fuera de nuestro dominio racional y omnipresente en un entorno que nos resultaba demasiado cándido y familiar, ya fuera un céntrico edificio con vistas a un parque de ensueño o un adosado situado en un apacible barrio burgués. Y cuanto menos apreciábamos su aspecto tangible, más podíamos sentir el aliento de su probada ferocidad.

Con estas dos ilustres referencias, comenzaba, en pleno torbellino de cambios socioculturales, la edad de oro del cine de terror moderno. Resulta curioso, pues, que en el actual resurgimiento de la temática, exultante principalmente en sus novedades de alas sobrenaturales, esta época se haya convertido, para no pocos cineastas (con James Wan y sus añejas Expedientes Warren como buques insignia), en el mapa angular sobre el que tejer historias ricas en escalofríos y sobresaltos, en ideas que, más que plasmar el foco de la inquietud, se asientan en la imaginería implícita perpetrada por los artífices de la Vieja Escuela. No se trata de ejecutar un mero corta y pega, sino de adecuar, desde la renovación de las mismas fuentes, sus brillantes hallazgos a las demandas propias de los nuevos tiempos.

El cineasta Ari Aster se suma, con la propuesta que nos ocupa, pletórica también de referencias plásticas setenteras (principalmente, de la memorable e incomprendida Amenaza en la sombra), a esta esperanzadora corriente actual. En una de las óperas primas más redondas que se recuerdan, superior incluso al debut perpetrado por Robert Eggers en la magistral La bruja (con la que comparte fondo y forma), ha creado un fascinante cuento de fantasmas (o no) facturado a la vieja usanza, terrorífico desde la contención y la (supuesta) calma, vibrante en sus insinuaciones conceptuales y en donde sus piezas, imposibles de descifrar durante el visionado, adquieren una abrumadora solidez en los últimos y alucinógenos minutos de función.

En HEREDITARY no hay hueco para efectismos, para el impacto de imágenes gratuitas, para los tópicos acartonados y corrosivos del género. El verdadero horror nace de la ambigüedad de sus distanciados personajes, de las vueltas de tuerca cocinadas a fuego lento que su magnífico guion brinda a lo largo de la historia, de los movimientos y juegos de cámara (sobresaliente el uso de los encuadres y cambios de foco) confeccionados por su prometedor director, compartiendo, durante buena parte del metraje, la reflexión última que atormentaba a Polanski en sus trabajos más provocadores: la inseguridad de no saber si estamos ante un relato fruto de una neurosis paranoica o, por el contrario, dominado por unos demonios de naturaleza inexplicable.

Rebosante de momentos icónicos (la mascletá final, el tic vocal de la benjamina, los visitantes nocturnos que evocan a los condenados de la memorable La centinela) e interpretada espléndidamente por Toni Collette, metamorfoseada en la Shelley Duvall de El resplandor, Aster se reserva, además, un matiz visionario: representar la escenografía de la película como si sus protagonistas fueran títeres de una inmensa maqueta, un planteamiento ya explorado mínimamente en una secuencia de la obra maestra de Kubrick (aquella en la que Torrance observa a su familia deambulando por la miniatura del laberinto) y culminación, precisamente, de los estandartes más reconocidos del cine diabólico al que tanto homenajea: el Mal como una presencia desmembrada, que todo lo sabe y escucha, que nos observa y controla. Los personajes, y por ende el espectador (voyeur, además, de todo lo que acontece), somos meras marionetas de algo mucho más oscuro, de fuerzas que escapan a nuestro control.

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