Archivo para Javier Gutiérrez

EL AUTOR

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , , on noviembre 17, 2017 by Gonzalo Contreras

EL QUIMÉRICO INQUILINO

Más allá de sus dilemas y su punzante análisis sobre el poder de la creación intelectual, EL AUTOR, el último y magistral trabajo de Manuel Martín Cuenca, cineasta consagrado gracias a la elaboración de un celuloide que escapa de las vanguardias establecidas, es un retrato demoledor sobre la incapacidad de algunos individuos, mediocres de sangre, para alcanzar el éxito y la plenitud artística. Si naces perdedor, mueres siendo perdedor. Los hay con suerte, como el personaje de María León, mujer de nuestro protagonista y estrella emergente en la prosa contemporánea gracias a continuos golpes de fortuna. Y luego está Álvaro, su infeliz esposo, notario de profesión y escritor por vocación, en perpetuo estado de frustración debido a la fama efímera de su cónyuge y enclaustrado, para su desgracia, en un minúsculo despacho con la única compañía de su insoportable compañero de trabajo (fracasado, como él) y de un ruidoso ventilador. Vive en su particular zona de confort, sintiéndose incapaz de dar el salto literario porque, en el fondo, conoce la aterradora verdad: ni el talento ni la imaginación forman parte de su ser.

El actor Javier Gutiérrez, enorme como siempre, compone un complejísimo personaje que hubiera hecho las delicias del director Roman Polanski. En su odisea por escribir el relato perfecto, y siguiendo los dudosos consejos de su profesor (fracasado, por supuesto, pero con la inteligencia suficiente como para aparentar distinción donde solo hay zafiedad), este quimérico inquilino decide encontrar la inspiración, la esencia de su universo dramático, en su propia comunidad de vecinos. Como buen voyeur, no duda en camelarse a la folclórica portera, espejo del chismorreo reinante en España, y en cotillear los entresijos, amorosos y laborales, de la pareja de inmigrantes con la que comparte patio interior. Todos ellos, ya lo habrán adivinado, marcados por el infortunio y la desdicha y manipulados por el autor siempre y cuando sea necesario realzar los detalles más suculentos. Todo sea por su obra magna.

Tan mordaz como satírica, tan desasosegante como perversa, la película funciona como un reloj suizo en cada una de sus vertientes cinematográficas: la dirección rezuma elegancia y predilección por los pequeños detalles; los actores están colosales (al mencionado Gutiérrez se le unen el excelente Antonio de la Torre y Adelfa Calvo, inconmensurable en su álter ego de Shelley Winters) y el guion aprovecha brillantemente los espacios cerrados en los que se desenvuelve la historia. Y como remate, el magnífico compositor José Luis Perales, experto en los asuntos del alma, engalana el esperpento con una melodía prodigiosa y extrañamente cálida que no hace más que incentivar el carácter malsano de la función. En este año que está a punto de finalizar, solo recuerdo dos propuestas españolas que me hayan convencido tanto como la cinta que nos ocupa. La primera es una impecable muestra de terror con nombre de mujer: Verónica; la segunda, la magnética y envolvente Handia. Con El autor tenemos un inmejorable trío de ases. Cine con mayúsculas, atípico, plagado de múltiples y sugerentes lecturas.

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1898. LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , , on diciembre 1, 2016 by Gonzalo Contreras

LOS HÉROES OLVIDADOS

1898

Símbolo del espíritu propagandístico de postguerra, Los últimos de Filipinas, dirigida en 1945 por Antonio Román, todo un experto en el cine bélico de la época, pasó a engrosar la lista de producciones fabricadas por el Régimen como forma de exaltar los valores puramente españolistas (declarándola, incluso, de interés nacional) a pesar de que, en el fondo, su trama, entre lo insólito y patético, demandaba un tratamiento mucho más crítico con los sentimientos patrióticos finalmente reflejados: la historia verídica de un grupo de soldados, la mayoría campesinos y agricultores sin experiencia en batalla, que lucharon en pésimas condiciones protegiendo el último resquicio de nuestro Imperio (una especie de Álamo perdido en tierras filipinas) ignorando que los mandamases, los considerados por la historia como ejemplo de dignidad y principios, negociaban, en tierra firme y provistos de honores, la venta del territorio por un irrisorio precio a Estados Unidos.

1899Más cercana a los documentos oficiales que la muy respetable primera versión, 1898. LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS describe con gran acierto el estallido, en pleno lugar de origen, de las inquietudes y sentimientos de decepción y desarraigo derivados del desastre colonial, posteriormente traslados a unas metrópolis hastiadas de sus gobernantes y recogidos en lúcidos libretos por la Generación del 98. Magníficamente escenificada (atención a los planos aéreos y cenitales) y realizada por un director cultivado en la pequeña pantalla pero capaz de sortear, en su primera película, el temido hedor a telefilm de ocasión, su hábil manipulación de los elementos nostálgicos (la presencia de la canción Yo te diré, en la original protagonista de uno de los momentos más bellos del film; aquí, utilizada como forma de desgaste psicológico de las tropas) y el inmejorable duelo interpretativo entre las generaciones consolidadas y el nuevo plantel de actores, encabezado por un impresionante Álvaro Cervantes (el gran descubrimiento de la cinta), sobresalen en esta notable aventura a la antigua usanza, espejo de una realidad cuyos elementos más desmitificadores sobrevuelan, todavía hoy, en nuestra cada vez más dividida sociedad.

EL OLIVO

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , on mayo 5, 2016 by Gonzalo Contreras

EL ÁRBOL DE LA VIDA

el olivo 2

Pocas miradas han mostrado una aproximación tan certera de la crisis que azota a nuestro país y, por consiguiente, de las múltiples caras que se han visto afectadas por la misma, como la que nos muestra EL OLIVO de Icíar Bollaín. Que no engañe su apariencia; bajo su sencilla piel, despejada de pretensiones y ansias rompedoras, la cineasta se adentra con gran veracidad en la descripción de esta familia cualquiera a través de dos tempos narrativos sabiamente elegidos: el pasado, visualizado como una época de bonanza y trabajo; y el presente, lastrado por las disputas originadas por las deudas y los sueños rotos. En su mejor película desde la multipremiada Te doy mis ojos, traspasa los límites del mal llamado cine social gracias al insólito doble sentido de cada uno de sus trazos. Casi todas las vertientes abiertas por Bollaín son concluidas con una alegoría claramente identificable por el espectador, desde la carísima estatua, buque insignia de la libertad, la privatización y el capitalismo (no por casualidad hecha añicos por el personaje de Gutiérrez), al mismo árbol que da título al film, espejo de las vidas simbólicamente cercenadas desde que comenzaran estos tiempos grisáceos.

el olivoY cuando no son las interpretaciones, abanderadas por una brillantísima Anna Castillo, incontestable reflejo de la descorazonadora realidad, y un ya imprescindible Javier Gutiérrez, genial como rudo camionero de buen corazón, es el delicado libreto de Paul Laverty el que toma el mando. Lo que en otras manos hubiera caído en un folletín oprimido por la lágrima fácil, el guionista lo convierte en un sólido, placentero y emocionante recorrido por las raíces del alma, de nuestros antepasados, de la herencia física y espiritual de cada uno de nosotros. Es cierto que El olivo es un relato de perdedores, pero no por ello olvida dotarlo de vitalidad y esperanza, gracias a la última (y no por ello menos importante) baza del film: la redención de sus protagonistas viene servida en forma de atronadoras risas contagiosas.

LA ISLA MÍNIMA

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , on septiembre 23, 2014 by Gonzalo Contreras

CONSPIRACIÓN DE SILENCIO

LA ISLA MINIMA 2

A veces, por caprichos del destino, la mala suerte se ceba con algunas películas coincidentes en el tiempo y de temática o propósitos bien parecidos, siendo casi siempre una la vencedora moral de estos infortunios percibidos como ridículas batallas. Ya le pasó hace unos años a Pablo Berger y su Blancanieves, obra destinada a recuperar el cine silente perjudicada por la aparición, un año antes, de la francesa The artist. Incluso, de forma más precisa, todavía algunos malpensados se imaginan en la mente el disgusto de Amenábar al visionar el final de cierto film de M. Night Shyamalan poco antes de estrenar Los otros. En este caso le ha tocado el turno a Alberto Rodríguez y su isla mínima. Su oscura premisa, desarrollo y atmósfera corrompida como parte esencial de la trama nos recuerda a la magnífica y demasiado reciente serie de la HBO True detective. Pero hay queda todo.

LA ISLA MINIMAAlgunos pensarán que ese “todo” es mucho. Tendrán sus razones, pero ninguna de ellas atesora el suficiente peso como para dejar escapar esta monumental obra, un puzzle de piezas perfectamente encajadas con personalidad propia, retrato devastador de las llagas que todavía supuraban en España allá por comienzos de los ochenta. Rodríguez se sirve de una trama policial (magníficamente construida) para bucear en el fango de una sociedad enferma anclada en el pasado, corrupta y analfabeta, oprimida por caciques depravados (al más puro estilo John Huston en Chinatown) y refugio de auténticas hienas humanas. Unas gentes destinadas a vivir y morir de forma anónima, con hijos dispuestos a sacrificar su alma virginal a cambio de salir de esa tierra podrida, muerta, y que no dudan en instaurar una conspiración de silencio ante cualquier amenaza que pueda sacar a flote sus más sombríos secretos. Gutiérrez y Arévalo, sensacionales (el primero, en un sorprendente cambio de registro; el segundo, confirmando ser el mejor actor español de su generación), serán los encargados de desenterrar las miserias que pueblan el lugar. Y cuanto más se adentran en la verdad, mayor es el hedor a putrefacción. Sólo los planos cenitales aéreos, a modo de transiciones, nos hacen ver la complejidad del caso; un terreno laberíntico plagado de trampas, infestado de moscas e invadido por un asfixiante bochorno.

Una película extraordinaria. Rodríguez ha encontrado, en las mismísimas marismas del Guadalquivir, nuestra particular América profunda. La España más negra, sucia e inhóspita, testigo de una época que respira, salvando las distancias, ese aire desolador y malsano característico de obras como La caza o Furtivos. Hasta comparten la cacería como núcleo común: en la de Saura, como divertimento; en la de Borau, como forma de subsistencia; y aquí, como forma de restaurar el orden cívico. Pero todas esconden odio. Y rencor. Producto de unas heridas, todavía hoy, difíciles de cerrar.