Archivo para Josep Maria Pou

LAS LEYES DE LA TERMODINÁMICA

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , on abril 18, 2018 by Gonzalo Contreras

LAS FUERZAS INCONTROLABLES DE LA NATURALEZA

Chico veinteañero conoce a chica veinteañera. Chico se enamora locamente de chica. Chica lo tiene todo: belleza, intelecto, sex-appeal y ternura. Chico no tiene nada. O casi nada: la guapura, lo que se dice guapura, no forma parte de su ser; es tímido, cortante, habla cuando no debe de hablar, calla cuando cree que puede molestar. Y elija una u otra opción, acaba incordiando al personal. Por alguna extraña, desconocida e incomprensible razón, chica se fija en chico. Y empiezan una relación sentimental. Y con ella, y tras un periodo de inequívoca felicidad, aparecen los temidos celos, los secretos no compartidos, las mentiras y las dudas sobre si, finalmente, su complicidad llegará a buen puerto. Desaparecen los días de vino y rosas. El mundo se pone del revés. Y llega la reconciliación, desatándose el ansiado happy end. O no. O ni sí ni no. Y qué más da, si son cosas de la edad.

Bienvenidos a los estandartes de la comedia romántica cinematográfica. A uno de sus bloques definitorios, claro está. Desde los tiempos de las screwballs americanas, aquellas maravillosas historietas ricas en malentendidos e infortunios ideadas por Howard Hawks y George Cukor, pasando por la regeneración ejecutada por el imprescindible (sí, con todas sus letras) Woody Allen, pocos subgéneros han vivido tan sujetos, a lo largo de las décadas, a un esquema tan delimitado, tan poco abierto a nuevas experiencias, tan desesperante en su manoseada formulación. De ahí que cualquier renovación de su envoltorio sea recibido con honores, y más si ese rejuvenecimiento viene acompañado, como ocurre en LAS LEYES DE LA TERMODINÁMICA, de ideas audaces y de un planteamiento con el suficiente potencial como para aunar talento, ingenio y grandes dosis de entretenimiento en un mismo libreto.

¿Existe una teoría física, aplicada a los principios que rigen el universo, que explique a su vez los entresijos relacionados con los asuntos del amor? Mateo Gil, co-guionista habitual de Amenábar, pretende dar respuesta a este enigma ancestral a través de una película en la que se alinean dos cualidades, en principio, dignas de una colisión sideral: ajustándose a los parámetros del falso documental, otra temática lastrada por las desdichas más que por los triunfos, el cineasta, siguiendo el itinerario de un guion de cosecha propia, reivindica el mejor cine cómico de corte clásico (principalmente, los desmanes del Allen más setentero y neurótico, visible en un personaje principal testarudo, ilustrado, poco agraciado e incapaz de asumir que todas las noches se acuesta con la mujer de su vida) adaptándolo a los nuevos tiempos y, por supuesto, a las directrices de un humor inconfundiblemente ibérico. El resultado no puede ser más atípico. Y plausible.

Como buen experimento de choque, cuenta con algunos enemigos de altura: al riesgo que conlleva su atrevida premisa, de una complejidad no apta para todos los paladares (sobre todo, si estos están poco cultivados en acertijos cuánticos), se le añade su engañosa apariencia de comedia al uso, infravalorando con ello muchas de sus incuestionables virtudes. De hecho, estas están siempre por encima de los pormenores y los prejuicios iniciales. El buen hacer de Gil, la frescura del reparto (atención a Berta Vázquez, puro magnetismo cósmico) y algunos acertadísimos gags (la presentación del cuarteto protagonista, la lúcida y divertidísima secuencia de la discoteca) son los encargados de obrar el milagro, haciendo de ella uno de los productos más inteligentes y originales de la cinematografía nacional contemporánea.

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ABRACADABRA

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , on julio 30, 2017 by Gonzalo Contreras

LA RESURRECCIÓN DEL ESPERPENTO

Sorteando la censura de la época, siempre pendiente de dinamitar cualquier idea creativa capaz de rasgar los estandartes dictatoriales del régimen, el tándem Luis García Berlanga y Rafael Azcona, director y guionista respectivamente, capturaron, en formato celuloide y desde unas raíces puramente satíricas, las costumbres, farsas e ideales morales de la España del franquismo con un talento equiparable al de otra pareja imborrable, la formada por Billy Wilder y su inseparable I. A. Diamond. Eran películas rebosantes de ingenio, inteligentemente inspiradas en la estética del neorrealismo italiano, que utilizaban enredos cómicos de una simpleza casi minimalista para explorar, con infinita mala uva, las vergüenzas de un país anclado, desde tiempos inmemoriales, en vicios infectos como la envidia, la hipocresía y la codicia.

Treinta años después de su última colaboración, y con pocos directores que hayan sabido atrapar la magia de tan honrosa filmografía (quizás, por su apego a unas circunstancias políticas muy concretas de nuestra historia), el cineasta Pablo Berger se empapa de la visionaria inventiva de los artífices de Plácido y El verdugo con una jugada similar a la emprendida por estos dos maestros en sus narraciones: partiendo de un relato nimio, casi anecdótico (la hipnosis efectuada a un macarra de barrio con las manos demasiado largas), se engendra un complejísimo y magnético juego de espejos en el que se ponen al descubierto algunas de nuestras más sangrantes realidades sociales (la lacra del maltrato de género) subrayando, con perversos y deliberados propósitos, el contexto social sobre el que se asienta el corazón de la historia (la España más cañi y retrógrada, con sus princesas de barrio y sus modelos imposibles, machos alfa y restaurantes de carretera con cegadores rótulos de neón).

Revelador en su alegato feminista, protagonizado por una Maribel Verdú titánica en su histrionismo gesticular (atención a su baile en la discoteca, todo un ejemplo de planificación escénica), y con el aroma de extrarradio tan característico del Almodóvar primerizo (especialmente de su exitosa “¿Qué he hecho yo para merecer esto?”, con la que comparte muchos aspectos), Berger inyecta el espíritu grotesco del esperpento consiguiendo que, en una misma escena, el espectador sienta en sus entrañas una explosión de sensaciones de toda índole posible: terror, angustia, romanticismo, humor, desconcierto. Y, sobre todo, fascinación. Como en los mejores y más lúcidos libretos de Azcona y Berlanga.