Archivo para Manolo Solo

TARDE PARA LA IRA

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , on septiembre 7, 2016 by Gonzalo Contreras

UN DÍA DE FURIA

tarde ira

Durante los últimos coletazos del franquismo, un nutrido grupo de cineastas, la mayoría hijos adoptivos del neorrealismo italiano (siendo Carlos Saura y Jose Luis Borau sus más reconocidos representantes), tuvo la osadía de retratar en carne viva las vestiduras de una época agónica y abocada irremediablemente a la extinción, desmitificando con ello la imagen idílica y turística que nuestra cinematográfica, controlada por los sectores más conservadores, vendía fuera y dentro de nuestras fronteras (en un claro intento de legitimar la valía del régimen). Fieles cronistas de su tiempo, y sirviéndose de un simbolismo que sorteaba hábilmente los dictámenes de la censura, se acercaron a las madrigueras de un país desconocido para el gran público, bucólico, hiriente y descarnado, raspado por su contradictoria climatología, a veces abrasadora (La caza), otras gélida como el hielo (Furtivos), convertido en un trágico escenario en donde sobrevivir se convertía en la máxima prioridad de sus individuos.

tardeLa España más profunda encontró su mejor cristalización cinematográfica en estos años. Tiempo después, con variantes semánticas y partiendo ya de sucesos propios del semanario El caso, Pedro Costa y algunas genialidades de la mítica La huella del crimen, Vicente Aranda y sus Amantes y, más recientemente, Alberto Rodríguez con la magistral La isla mínima, se empaparon en gran medida del olor a putrefacción reinante en aquellas magistrales obras. Ahora, el otrora actor Raúl Arévalo coge el testigo en la impecable TARDE PARA LA IRA, debut cinematográfico fraguado durante ocho largos años de una contundencia formal tan sublime y enérgica que cuesta creer que estemos hablando de una ópera prima.

Todo, absolutamente todo, funciona como un reloj suizo en este relato de venganza, justicia y redención cocinado a fuego lento, de una sordidez irrespirable, interpretado brillantemente por un reparto en estado de gracia (al trío de ases, comandado por un Antonio de la Torre en el mejor papel de su carrera, se suma un Manolo Soto que devora la pantalla con su breve aparición) y deudor, además, del western bravío de Sam Peckinpah, la rabia visceral de Samuel Fuller y, en su vertiente melódica, los compases presentes en la también implacable Los santos inocentes. Escenas de una ejecución asombrosa (la secuencia inicial) y momentos casi imperceptibles de macabra comicidad (la pareja escuchando “Por ella” en su travesía por carretera) rematan una obra modélica avalada por el sello del gran cine, de las que remueven entrañas, tan inmensa y compleja que su recuerdo se acrecenta días después del visionado.

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LA ISLA MÍNIMA

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , on septiembre 23, 2014 by Gonzalo Contreras

CONSPIRACIÓN DE SILENCIO

LA ISLA MINIMA 2

A veces, por caprichos del destino, la mala suerte se ceba con algunas películas coincidentes en el tiempo y de temática o propósitos bien parecidos, siendo casi siempre una la vencedora moral de estos infortunios percibidos como ridículas batallas. Ya le pasó hace unos años a Pablo Berger y su Blancanieves, obra destinada a recuperar el cine silente perjudicada por la aparición, un año antes, de la francesa The artist. Incluso, de forma más precisa, todavía algunos malpensados se imaginan en la mente el disgusto de Amenábar al visionar el final de cierto film de M. Night Shyamalan poco antes de estrenar Los otros. En este caso le ha tocado el turno a Alberto Rodríguez y su isla mínima. Su oscura premisa, desarrollo y atmósfera corrompida como parte esencial de la trama nos recuerda a la magnífica y demasiado reciente serie de la HBO True detective. Pero hay queda todo.

LA ISLA MINIMAAlgunos pensarán que ese “todo” es mucho. Tendrán sus razones, pero ninguna de ellas atesora el suficiente peso como para dejar escapar esta monumental obra, un puzzle de piezas perfectamente encajadas con personalidad propia, retrato devastador de las llagas que todavía supuraban en España allá por comienzos de los ochenta. Rodríguez se sirve de una trama policial (magníficamente construida) para bucear en el fango de una sociedad enferma anclada en el pasado, corrupta y analfabeta, oprimida por caciques depravados (al más puro estilo John Huston en Chinatown) y refugio de auténticas hienas humanas. Unas gentes destinadas a vivir y morir de forma anónima, con hijos dispuestos a sacrificar su alma virginal a cambio de salir de esa tierra podrida, muerta, y que no dudan en instaurar una conspiración de silencio ante cualquier amenaza que pueda sacar a flote sus más sombríos secretos. Gutiérrez y Arévalo, sensacionales (el primero, en un sorprendente cambio de registro; el segundo, confirmando ser el mejor actor español de su generación), serán los encargados de desenterrar las miserias que pueblan el lugar. Y cuanto más se adentran en la verdad, mayor es el hedor a putrefacción. Sólo los planos cenitales aéreos, a modo de transiciones, nos hacen ver la complejidad del caso; un terreno laberíntico plagado de trampas, infestado de moscas e invadido por un asfixiante bochorno.

Una película extraordinaria. Rodríguez ha encontrado, en las mismísimas marismas del Guadalquivir, nuestra particular América profunda. La España más negra, sucia e inhóspita, testigo de una época que respira, salvando las distancias, ese aire desolador y malsano característico de obras como La caza o Furtivos. Hasta comparten la cacería como núcleo común: en la de Saura, como divertimento; en la de Borau, como forma de subsistencia; y aquí, como forma de restaurar el orden cívico. Pero todas esconden odio. Y rencor. Producto de unas heridas, todavía hoy, difíciles de cerrar.