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EL HILO INVISIBLE (Phantom Thread)

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , , on enero 29, 2018 by Gonzalo Contreras

LA MUSA DEL CREADOR

Pieza clave y punto de inflexión en la filmografía del añorado Alfred Hitchcock, tanto por suponer su puesta de largo en Hollywood como por dibujar muchas de las obsesiones fetichistas que le atormentaban, lo más fascinante de la monumental Rebeca, basada en la novela de Daphne Du Maurier, era comprobar cómo la presencia de la mujer que daba título al film, muerta tiempo atrás, se apoderaba de las tiras de celuloide sin necesidad de aparecer durante las dos horas de metraje. El recuerdo espectral de la difunta esposa De Winter se expandía como veneno por las góticas estancias del viejo caserón, en las pecaminosas intenciones de la maquiavélica ama de llaves, la señora Danvers, en la locura creciente de su sustituta en vida. Y, principalmente, en los desdichados pensamientos de su marido, un hombre de alta cuna incapaz de romper las cadenas que le unen a un pasado lastrado por los enigmas y el rencor.

En EL HILO INVISIBLE, la gran sorpresa de los Oscar de este año y, sin duda, el largometraje más poético y embriagador del director Paul Thomas Anderson desde los tiempos de Magnolia, ocurre algo parecido. El protagonista, un sobresaliente Daniel Day Lewis (en su trabajo más comedido en lustros), es un respetado modisto de las clases altas británicas; su réplica femenina, Vicky Krieps, una camarera bendecida, al igual que el personaje de Joan Fontaine, por la fragilidad y la inocencia. La atracción entre ambos se hace palpable desde el mismo instante de conocerse (bellísima la secuencia del cortejo). Prematuramente, se trasladan a la lujosa residencia del diseñador, una especie de Manderley londinense, en donde el carácter irascible y egocéntrico de él dificultará la convivencia de la pareja. Sin embargo, con el paso de los meses, su ética profesional, magullada por las enseñanzas de una madre ya fallecida pero demasiado viva en su memoria, se resquebrajará ante el amor sincero que siente hacia su nueva amante, quien, poco a poco, asumirá el control de la relación. “Deja que conduzca yo”, le propone en el ecuador de la historia, justo antes de que la música, hasta entonces omnipresente y en ese momento ausente, vuelva a retumbar en los oídos del público. Pero con otro tono, con otra simbología.

Como en la obra maestra de Hitchcock, aquí también hay sirvientes a merced del anfitrión, una relación marcada por secretos inconfesables e incluso una señora Danvers (maravillosa Leslie Manville) poseedora de las llaves del castillo. Y, por supuesto, un pretendiente sometido a las ánimas del pasado. Consciente de la compleja psicología que encierra la película, Anderson desnuda paulatinamente y con pinceladas maestras el alma de su personaje principal, destapando en pantalla la pasión (y dependencia) que siente hacia el oficio, sus reveladoras y fantasmagóricas pesadillas matriarcales o los acertijos, plagados de anhelo y desesperación, que guarda en cada creación. Su musa será el rompecabezas que dinamitará su particular zona de confort. Y el espectador, el cómplice de esta enfermiza, insólita y apasionante historia de amor.

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