Archivo para Thomas Mann

AMITYVILLE: EL DESPERTAR

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , on enero 30, 2018 by Gonzalo Contreras

LA MORADA DEL MIEDO

Ocurrió el 13 de noviembre de 1974 a las 3:15 de la madrugada. Ronald DeFeo, primogénito de una familia numerosa residente en Long Island, asesinó salvajemente a sus padres y a sus cuatro hermanos asegurando que voces procedentes del sótano de la casa le habían obligado a cometer los crímenes. El resto forma parte ya de la historia del folclore norteamericano: tiempo después, los Lutz, sus nuevos inquilinos, tuvieron que abandonar precipitadamente la residencia ante el asedio interminable de los entes diabólicos que, supuestamente, habitaban entre sus paredes. Poco importó que al cabo de unos años se demostrara el fraude de estas afirmaciones o la cantidad de pruebas que relacionaban al padre de los DeFeo con organizaciones mafiosas; la morada, situada en el 112 de Ocean Avenue, aumentó su leyenda negra (en gran medida, por medio del best-seller de Jay Anson “The Amytiville horror”) hasta convertirse, a día de hoy, en centro de peregrinaje de numerosos amantes del mundo sobrenatural y en uno de los casos parapsicológicos más afamados de la historia de Norteamérica.

El expediente del suceso no ha encontrado, empero, una traslación cinematográfica a la altura de su jugosos ingredientes. Ni la propuesta original, Terror en Amityville, una película envejecida desde el momento de su concepción y ligada a las últimas sacudidas del cine satánico de los setenta, ni sus secuelas (salvo la segunda parte, “La posesión”, una precuela con ciertos elementos de interés), ni mucho menos su remake, insulsa revisión de los acontecimientos a mayor gloria de los abdominales de Ryan Reynolds, han logrado captar el desasosiego, el mal rollo y los espeluznantes detalles proyectados en las páginas de Anson, cayendo siempre en la comercialidad más efímera e ignorando el impactante material de origen.

Decimosexto episodio (creemos) de la serie, AMITYVILLE: EL DESPERTAR aglutina la misma cantidad de tópicos expuestos en las anteriores entregas y, por ende, en el imaginario colectivo del cine de terror propuesto por la compañía Blumhouse (puertas y ventanas que se abren y cierran solas, colecciones de muñecas de porcelana de semblante aterrador, jóvenes intérpretes de aspecto gótico vestidas con lencería fina para despertar el deseo de los muertos -y los no tan muertos-…). Todo salpimentado con los últimos aportes del género, utilizando a la espléndida Insidious y sus niños comatosos como principal referente del argumento.

Sorprendentemente, más allá de sus estereotipos, reproducidos sin ningún tipo de vergüenza, la cinta consigue sobresalir de la media gracias a sus paródicas referencias a la novela (Thomas Mann disfrazado con una careta de cerdo en la ventana, tal y como se recoge en los testimonios de la benjamina de los Lutz; sus pequeños detalles incestuosos, ya examinados en la comentada “La posesión”), a los agudos guiños metacinematográficos (el visionado del largometraje original en el mismísimo museo de los horrores) y, especialmente, a sus alusiones a la serie B más bizarra y desenfadada, característica del celuloide de terror de consumición rápida apilado en las repisas de los videoclubes en los años noventa. Sí, nuevamente, la nostalgia se convierte en la mejor aliada de una película.

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KONG, LA ISLA CALAVERA

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , , on marzo 10, 2017 by Gonzalo Contreras

EL REGRESO DEL REY MONO

Ningún cinéfilo podrá olvidar jamás la primera vez que se encontró con King Kong en la gran pantalla. Reinvención de la fábula de La bella y la bestia, la película, protagonizada por un enorme simio de aspecto escalofriante pero corazón débil, condenado a un trágico final y enamorado locamente de una joven aspirante a actriz, poseía las características irrefutables del cine que no muere, imperecedero, capaz de sobrevivir al desgaste de los años. Como Casablanca, como ¡Qué bello es vivir!, como El gran dictador. Pasto durante décadas de infinidad de secuelas e imitaciones, carentes del encanto de la reina madre, y de un aparatoso remake a finales de los años setenta (producto del cine de catástrofes tan proclive en la época), el mito volvió a recobrar la luz de antaño a comienzos de milenio gracias a la artesanía de Peter Jackson, fan incondicional de la producción original. Su nueva versión, facturada a la antigua usanza, era fresca, grandilocuente a la par que imaginativa y atesoraba los ingredientes necesarios para transformarse, con el tiempo, en piedra angular de nuevas y paralelas entregas cinematográficas.

Más que una secuela de esta, la cinta que nos ocupa se presenta como una actualización, acorde con las demandas actuales, de la obra maestra de 1933. De hecho, la principal diferencia es que, mientras la epopeya de Jackson jugaba en el terreno de la elegancia, con una lujosa puesta en escena y y detalles cuidados hasta el extremo, KONG, LA ISLA CALAVERA apuesta por recuperar el aroma del cine de serie B que tantas alegrías dio en los años ochenta (algo que ya intentó, sin éxito, el Godzilla de Roland Emmerich), convirtiéndose, para sorpresa de todos, en la mejor traslación cinematográfica desde los tiempos de Fay Wray.

Las razones son fácilmente identificables: la primera, su falta de pretensiones, agudizada por un espíritu desenfadado, mugriento, evocador y declaradamente hortera, haciendo del entretenimiento su principal objetivo; la segunda, la hábil mezcla de géneros, combinando el cine de aventuras con pinceladas propias del género bélico (impagables las referencias visuales a Apocalypse Now de Coppola, con esos cielos anaranjados rotos por las hélices de los helicópteros y la silueta del rey mono); y, por último, su ritmo frenético, que impide que durante las dos horas de proyección el espectador se desentienda de la propuesta (con ayuda, eso sí, de cantidades ingentes de CGI). El guion no es nada del otro mundo, incluso presenta inconsistencias narrativas, pero su director sabe llevarlo al terreno del blockbuster más placentero y evasivo, consiguiendo elaborar una divertidísima montaña rusa altamente recomendable.

YO, ÉL Y RAQUEL

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , on octubre 5, 2015 by Gonzalo Contreras

RECUERDOS DE LA CHICA MORIBUNDA

Yo, él y Raquel.

En contra de lo que pueda parecer, YO, ÉL Y RAQUEL (variopinta traducción del original “I, Earl and the dying girl”) no es, ni mucho menos, el enésimo dramón romántico con cáncer como telón de fondo presentado para que adolescentes de medio mundo derramen sus lágrimas menos sinceras. Sí, de acuerdo que en esta propuesta del director Alfonso Gómez-Rejón la enfermedad también juega un papel importante y, muy posiblemente, el espectador finalice la proyección entre clamorosos y vergonzantes sollozos. Pero de verdad, créanme, las diferencias entre aquellas y esta producción son aplastantes. La noche y el día, dicho de otro modo.

¿Yo, él y Raquel.Qué hace tan especial este relato sobre la relación entre un joven de encantadora arrogancia, cuya fachada sólo pretende ocultar un sinfín de inseguridades, y una jovencilla dulce e ingenua con pronóstico demoledor? Al igual que ocurría, a menor escala, con la más que notable Bajo la misma estrella, con la que comparte fondo y (algunas) formas, un guión a prueba de bombas. Desde sus primeros minutos, con la divertidísima descripción de los pasillos de instituto como naciones independientes hasta un final de atronadora belleza, de los más emotivos vistos en el cine reciente, todo resulta brillante en una obra nacida de la inteligencia y el buen gusto.

Pero no sólo se conforma con ser una maravillosa historia sobre la amistad; también, un inesperado, desenfadado y finalmente precioso homenaje al séptimo arte, a las películas que marcaron la adolescencia y a la importancia de convertirnos en los verdaderos protagonistas de nuestra vida, o de la de aquellos a los que amamos. Yo, él y Raquel llega sin hacer ruido, probablemente pasará desapercibida en cartelera y no será hasta dentro de unos años cuando el público reconozca, de forma unánime, la grandísima película que es. Háganse un favor y no esperen tanto tiempo.