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EL GRAN SHOWMAN

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , on diciembre 27, 2017 by Gonzalo Contreras

Y ASÍ EMPEZÓ EL ESPECTÁCULO

Amanerada, histérica y endiabladamente ampulosa, la hoy alabadísima Moulin Rouge! puso el primer peldaño en la resurrección actual del musical más allá de los escenarios de Broadway. De hecho, sin su existencia, posiblemente muchos largometrajes del género posteriores, algunos oscarizados, casi todos ellos visiblemente inspirados en los acordes propuestos por Baz Luhrmann, ni siquiera hubieran sido ejecutados por los grandes estudios cinematográficos. El éxtasis que procesaba el colorido de sus secuencias, la calidad de sus sinfonías, tanto de las clásicas como de aquellas creadas expresamente para el film, y la apoteósica renovación de sus estereotipos, presentando una brillante simbiosis entre las pautas clásicas y el videoclip salvaje y televisivo propio de los nuevos tiempos, marcaron un estilo audiovisual que ha traspasado, una década después, las fronteras de su propia temática melódica.

Sin Moulin Rouge!, por tanto, el acabado estético y exacerbado de EL GRAN SHOWMAN, ópera prima del realizador Michael Gracey, diferiría notablemente del resultado actual. Y es que la película, protagonizada por un enérgico y apasionado Hugh Jackman y basada libremente en la historia de P.T. Barnum, uno de esos personajes lastrados por una vida plagada de claroscuros y convertido, por la magia cándida y familiar de la industria hollywoodiense, en un personaje vibrante, jovial y de tintes dickensianos, rinde un continuo tributo a la obra maestra de Luhrmann, recogiendo con especial descaro sus aspavientos bohemios y las bucólicas y ensoñadoras instantáneas, la locura de un montaje capaz de ocultar los agujeros de guion más sangrantes y su personalidad impertinente, canalla y exageradamente romántica.

Sin embargo, más que un defecto, Gracey lo transforma en una extraña y loable virtud. Tan pegadiza y agradable como inofensiva, remarcada por una estética deliciosamente kitsch y algunos apuntes que reviven el espíritu circense, utópico y burtoniano de la inolvidable Big Fish, sería injusto obviar algunos aciertos considerables, principalmente la sensación de contagioso optimismo que irradia la cinta a lo largo del visionado y algunos números escénicos dibujados brillantemente en pantalla y acompañados de una extraordinaria banda sonora, de una fuerza impensable en una cinta de pretensiones artísticas tan livianas. Y eso, no lo duden, es el primer (gran) paso para que un musical perdure en la memoria años después de su estreno.

SPIDER-MAN: HOMECOMING

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , , , on julio 27, 2017 by Gonzalo Contreras

LOS JÓVENES AÑOS DE UN SUPERHÉROE

Regresa Spider-Man. Sí, otra vez. Y sí, nuevamente, en un largometraje que repasa los primeros e impetuosos años, su idiosincrasia juvenil y la posterior construcción de la personalidad que forjará su leyenda, sin por ello perder su feliz y cándido ideario adolescente. Con tan solo quince años de diferencia con la aventura de Sam Raimi (con toda seguridad, el cineasta que mejor ha comprendido, en su vertiente juvenil y épica, al hombre arácnido) y tres desde su última aparición en la convincente y romántica entrega con aires de novela gráfica The Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro, el director Jon Watts retoma el personaje creado por Stan Lee como pieza clave en la colisión final de los emblemas más carismáticos de la compañía Marvel, ya anticipada en la (que me perdonen los fans por la infamia) sobrevalorada Capitán América: Civil War.

La desolación y las variantes traumáticas examinadas por Sam Raimi y Marc Webb quedan relegadas en favor de la comedia y la luminosidad en SPIDER-MAN: HOMECOMING. Siempre desenfadada y liberada de ambiciosas intenciones, funciona estupendamente en sus originalísimos juegos metacinematográficos (incluyendo un tronchante guiño al submundo del “found footage”) y en su celebración de la época estudiantil como la edad de oro del venerado superhéroe. Tom Holland, sensacional en su papel, rescata con su atolondrado comportamiento el atractivo, la rebeldía y el carácter extrovertido y trufado de hormonas desenfrenadas de los míticos quinceañeros perpetrados por la mirada de John Hughes. De hecho, la propia película es un homenaje a sus novatadas cinematográficas, a la exaltación de la escuela como lugar de conflictos, pero también como refugio último de los perdedores.

No obstante, el film, de una duración desproporcionada (nada menos que dos horas y diez minutos), adolece de los problemas de fábrica presentes en el subgénero reciente. Enseguida aparecen en escena el esquema arquetípico de estas producciones, los villanos de latón y sus tramas criminales descafeinadas y la irremediable y peligrosa sensación de déjà vu, efecto resultante de la saturación marvelita sufrida en los últimos años. Por suerte, el buen hacer de su realizador y de los intérpretes, pletóricos en participar en este juego de niños, unido al mencionado y siempre agradecido regusto ochentero, consiguen transformar esta nueva resurrección en un espectáculo limpio, simpático y de contagiosa vitalidad.